Intelectuales Católicos ¿Meros espectadores ante la sociedad?

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En el verano español del 2007, tuvo lugar una conferencia organizada por la Universidad CEU San Pablo. Llevó por título Los intelectuales católicos, y, durante tres días, especialistas en diferentes materias aportaron su opinión sobre cuál es el papel que deben tener en la sociedad los intelectuales católicos.

«El vuestro es un país extraño, donde se olvidan, o se siente vergüenza, de las verdaderas glorias de vuestra historia. Unas glorias que son, sobre todo, religiosas, ligadas a la extraordinaria fuerza misionera de una España que tuvo éxito incluso donde todos habían fallado: es decir, en cristianizar, no sólo el continente sudamericano, sino nada menos que Filipinas, un pedazo de aquella Asia que siempre ha sido impermeable al Evangelio». Así hablaba este verano el periodista italiano Vittorio Messori, en una entrevista publicada en Paraula, periódico de la diócesis de Valencia. Decía más: «Hoy (y lo digo con pesar, porque amo a vuestro país) España es muchas veces un país vulgar, donde se piensa que un sex shop, el nudismo en las playas, o la obscenidad de un desfile de travestis, son signo de progreso y de liberación. ¡Demasiada prisa! ¡Y demasiados complejos de inferioridad hacia una Europa que os parecía más evolucionada que vosotros!»Poca gente, independientemente de su ideología o religión, dudará de que en España ha tenido lugar un proceso de secularización, al igual que ha sucedido en el resto de Europa. Con la única salvedad de que, mientras que en Europa estos cambios se han sucedido paulatinamente, a lo largo de tres siglos, desde la Ilustración del siglo XVIII, en España este recorrido lo hemos hecho en tan sólo treinta años. Y mientras que en el resto de Europa ya están de vuelta de tanto cambio, en España el laicismo feroz se impone, como si del descubrimiento del Nuevo Mundo se tratase.Estos cambios han traído aires nuevos, siempre gratificantes, aunque también parecen haberse llevado por delante muchas tradiciones y modos de pensar, propios de nuestra idiosincrasia, necesarios porque conforman nuestra identidad, que han dejado hoy a mucha gente preguntándose de dónde vienen y a dónde van.

Científicos, historiadores, periodistas y filósofos católicos se reunieron este verano en Santander para debatir sobre la tarea que, cada uno desde sus profesiones, podían realizar, sirviendo siempre a la verdad del Evangelio. El curso llevaba por título Los intelectuales católicos, y estaba organizado por la Universidad CEU San Pablo, junto con la Asociación Católica de Propagandistas.

En él, participaron personalidades como don César Alonso de los Ríos, quien, en una entrevista concedida a Alfa y Omega, desgrana los argumentos que expuso durante su intervención. Para este periodista y analista político, colaborador del diario ABC y otros medios de comunicación nacionales, «el PSOE está llevando a cabo toda una revolución cultural en un sentido muy amplio, no sólo referido a la cultura en sentido estricto, sino también a las costumbres, la educación, etc. Proponen, por ejemplo, un cambio radical en el modelo de la familia como institución, y en el concepto del matrimonio; frente a los derechos de los padres atribuyen al Estado la facultad de educar a los niños, y, de este modo, niegan un derecho, no sólo natural, sino constitucional; traducen la aconfesionalidad del Estado en laicismo; renuncia a los valores cristianos que inspiraron desde sus comienzos la construcción de Europa; sacrifica la personalidad cultural de lo que entendemos por civilización occidental, al privarla de los derechos que tiene a defender las instituciones a través de las que se define, y muy concretamente los derechos humanos negados por el fundamentalismo islámico… Esta revolución forma parte de un todo, de una respuesta al pensamiento tradicional, católico, y yo diría incluso que institucional, que ha dominado y definido la realidad histórica de España».

«Yo les diría a los intelectuales católicos que no sean ingenuos -manifiesta don César-. No tienen una simple función en la sociedad. Lo que tienen es una obligación. El intelectual católico tiene que defender su concepción de la vida y del ser humano de forma coherente y radical, puesto que la propuesta del contrario es radical también. Hay que tomar conciencia de en qué momento estamos. Personalmente, les recomiendo que lean al Papa. Además de sus ensayos sobre Europa, en su último libro, Jesús de Nazaret, pueden ver dónde descansa nuestra cultura, la tradición occidental, grecolatina, que es nuestra base». Y añade el periodista: «Durante mucho tiempo ha habido vergüenza de ser católico. Y yo creo que el libro del Papa es una respuesta a esta vergüenza, especialmente el prólogo y la introducción del libro».

En el campo de la cultura, el escritor José Jiménez Lozano, que también participó en el evento sobre Los intelectuales católicos, tiene una opinión particular acerca de la necesidad o no de añadir el adjetivo católico a una profesión. En el caso de la suya, la profesión de escritor, José Jiménez Lozano cree que, «cuando se ha hablado de escritores católicos, se ha hablado de un fenómeno muy concreto que se nos ofrece circunstancialmente en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, y en los que la siguen, especialmente en Francia e Inglaterra. Pero no existían escritores católicos, sino católicos que eran escritores, y ¿qué podría querer decir hoy esta denominación, aparte de significar al portador de una estrella amarilla en el universo cultural español de ahora mismo, aunque no en Europa sin embargo, pese al revival laicista? Un católico escritor está en relación con la literatura, que es cosa de este mundo, como cualquier otro ser humano, con su propia cosmovisión del mundo y del hombre. Pero tanto si aborda una realidad religiosa, que es una experiencia humana, y forma parte de la realidad, como si no aborda esta experiencia, ha de hacerlo con la misma honradez intelectual, moral y estética, que es la lealtad con lo real; y narrar es, desde luego, un asunto mundanal».

Unas jornadas en las que se recordó que realizar el trabajo cotidiano con la mayor profesionalidad, saberse uno más en la sociedad, aportando los mejores talentos que posee, y su visión trascendental de la vida es el principal papel del intelectual católico. Eso sí, en medio de la normalidad, de la rutina y del caos de las ciudades, el católico no debe perder nunca de vista que su papel no es sólo de mero espectador.

*(articulo publicado en la revista virtual Alfa y Omega, n·559)

 

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