La vida humana y su valor en las enseñanzas de Juan Pablo II
Por Laura Tortorella
Es porque creemos que las experiencias del hombre Karol Wojtyla, así como sucede en todos los hombres, lo han hecho sensible y atento a algunos temas que en su pontificado ha propuesto con firmeza y purísima claridad, como es por ejemplo el tema de la vida.
La vida de Karol Wojtyla se delineó en sus primeros veinte años. La madre, Emilia Kaczorowska, murió en 1929, con a penas 45 años. Karol tenía 9 años.
Quedó pues, junto a su padre y su hermano Edmund, quien estudiaba en esos años en Cracovia. Con gran fuerza aceptó la pérdida de su madre: “Era la voluntad de Dios”, responde de niño a una vecina que le daba el pésame.
En 1930 festejan junto a su padre el diploma en medicina obtenido por el hermano Edmund, el cual aceptará inmediatamente la responsabilidad de jefe de reparto en el hospital de Bielsko-Biala. El hermano Edmund, estará muy presente en la existencia de Karol, es más, es su “modelo” y guía que le indica el camino por recorrer en la vida, “la vía de hacer buen uso del tiempo”. Pero Karol Wojtyla perdió precozmente al hermano adorado. En 1932, apenas cumplidos los 12 años recibió la noticia de la muerte de Edmund a causa de la fiebre escarlata contraída en el hospital. Una vez más la muerte, esta vez del hermano, fue aceptada como voluntad de Dios.
A los veinte años perdió al padre. Regresando de hacer las compras, lo encontró muerto de un ataque al corazón. Era la última persona querida que le quedaba.
La aceptación de estos sucesos por parte de Wojtyla fue gracias al ejemplo dado por el padre: “casi todos mis recuerdos de la infancia y adolescencia están ligados a la figura de mi padre. Las tragedias que lo gopearon le abrieron de par en par inmensas profundidades espirituales: su dolor encontraba descanso en la oración. El simple hecho de verlo arrodillado tuvo una influencia decisiva en mis primeros años. Era ya tan rígido consigo mismo que no era necesario serlo con su hijo; bastaba su ejemplo para inculcar disciplina y el sentido del deber”[1].
Después de haber perdido a todos sus seres queridos, se encontró solo en el mundo; pero precisamente en esos años de dolor, sufrimiento y pérdida de todo y de todos (perdió también la patria), comenzó a encontrar a Dios.
Obligado a dejar la universidad a causa del régimen fascista, dejó de estudiar y para no ser deportado en Alemania, comenzó a trabajar en una cantera. Sus compañeros de trabajo sabían poco de él, pero se dieron cuenta inmediatamente de sus características: un intelectual, esquivo, valiente, terco, signado por los sucesos de la vida.
A los veinte años, completamente solo, Wojtyla percibe que Dios llena aquella soledad y le da sentido hasta el punto que al año siguiente decide ser sacerdote. El 1° de noviembre de 1946 fue ordenado para luego ser consagrado obispo en 1958, creado cardenal en 1967 y elegido pontífice en 1978.
A partir de estos breves elementos biográficos de Karol Wojtyla, nos es dada la posibilidad de entender las experiencias personales referidas a su vida que luego no será casualidad encontrarlas nuevamente en los años que preceden a su pontificado bajo la forma de obras filosóficas y poéticas, en donde él afronta con gran profundidad temas ligados a la vida como el sentido del trabajo en el hombre (La Cantera), la seriedad de la vida (Pensamiento Extraño – Espacio, Perfiles de Cireneo), la muerte (Meditación sobre la muerte), la importancia de la familia y la paternidad y maternidad (Amor y responsabilidad, El taller del hortelano).
Luego, desde su pontificado ha defendido con firmeza la verdad cristiana sobre la vida dando resalte al hecho que “el principio fundamental del valor y la dignidad del hombre, del significado de su vida, reside en el hecho que él ha sido creado a imagen y semejanza de Dios” [2]. Son muchos los mensajes sobre temas que se relacionan con la vida, tratados a lo largo de todo su pontificado; importantes son las cartas apostólicas y las encíclicas dedicadas precisamente a la defensa de la vida. La razón de fondo es porque Juan Pablo II es sensible a aquellos temas que se entrelazan con la vida del hombre ya que ella reside en Dios.
“Y – dice el Pontífice – ¿cómo no alzar en alto la voz contra quien, en la sombra, innoble, con fines perversos, busca corromper esta riqueza estupenda con tremendos sucedáneos de valores traicionados, con mortales seducciones que en una existencia atrapada por las desilusiones y quizás vacía de ideales, encuentra perfecto anzuelo?”[3] Y aún más: “cómo olvidar las innumerables víctimas de la droga, ofrecida desde los primeros años de la adolescencia y convertida luego en férrea cadena de una esclavitud digna de oprobio?¿Cómo olvidar (…) el hedonismo desenfrenado, propuesto como norma de vida?”.[4]. ¿Cómo no intervenir cuando la vida concebida es suprimida o manipulada, cuando siempre la vida es ofendida, disminuída, privada de su sentido?
Juan Pablo II interviene entonces, porque siente como sucesor de Pedro el deber de expresar aquel malestar profundo que ha golpeado la sociedad. Por ejemplo, después del Concistorio extraordinario reunido en 1991 para reflexionar sobre la amenazas contra la vida, escribe la Evangelium Vitae, publicada en 1995.
Analicemos, entonces únicamente el primer capítulo de esta Encíclica que encierra las respuestas de Juan Pablo II a las preguntas planteadas, hechas tamibén en forma indirecta y latente por la sociedad contemporánea.
La Encíclica nacida gracias a la colaboración del Episcopado de todos los países del mundo para dar justamente una respuesta a todos, es una “reafirmación precisa y firme del valor de la vida y de su inviolabilidad”[5], convertida así en una urgente exhortación para que cada uno respete, defienda, ame y sirva la vida.
Desde las primeras páginas de la Encíclica han sido puestas a la luz las violencias realizadas contra la vida de muchos seres humanos relegados a la pobreza, entregados al hambre, a la guerra; desde sus primeras páginas se advierte la dificultad de “ (…) registrar en modo exhaustivo la basta gama de amenazas contra la vida humana, tantas son sus formas, abiertas, cerradas, que revisten a nuestro tiempo!”[6].
En la Encíclica se encuentran las raíces profundas que han conducido a la sociedad al eclipsis de la vida: la idea perversa de libertad y el alejamiento de Dios y por consiguiente, también del hombre.
Por lo tanto, al inicio del análisis de las razones que han dado lugar a esta “cultura de muerte”, encontramos en la Encíclica aquella idea perversa de libertad que deriva de una deformación del concepto de subjetividad, es decir, del reconocimiento del propio derecho solamente a quien se presenta plenamente autónomo y por ende, independiente de los demás.
En este caso, la dignidad de la persona deriva directamente de su capacidad de comunicar verbalmente y explícitamente. “Está claro que con tales presupuestos no hay espacio en el mundo para aquél que va a nacer o morir ya que es un sujeto estructuralmente débil, y está totalmente sujeto a merced de otras personas y de ellos depende radicalmente (…) es la libertad de los más fuertes contra los más débiles destinados a sucumbir”[7].. En este caso, según Juan Pablo II, “(…) la persona termina por asumir como único e indiscutible punto de referencia para las propias decisiones no ya la verdad sobre el bien y el mal, sino sólo su subjetividad y opinión mutable o, peor aún, su interés egoísta y su capricho” [8].
Esta es la sociedad en la que, según el Pontífice, se está perdiendo la referencia a los valores comunes y a la verdad absoluta válidad para todos. Es en esta sociedad que el relativismo arrastra hacia la negociación de todo, incluyendo la vida.
La otra causa mencionada en la Encíclica, que lleva hacia una cultura de muerte, es el eclipsis del sentido de Dios y del hombre.
“Perdiendo de vista el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de la dignidad y de su vida. A su vez, la sistemática violación de la ley moral, en particular en la grave materia del respeto hacia la vida humana y de su dignidad, produce una especie de oscuramiento progresivo de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios” [9] y así se llega al individualismo, el utilitarismo, el hedonismo.
Los valores del ser se sustituyen con los del tener; el sufrimiento, la muerte, la sexualidad, la fecundidad son vaciados de su verdadero significado y bañados de materialismo.
Opuesta a la cultura de muerte está afortunadamente presente aquella de la vida y Juan Pablo II subraya dicha presencia en el n. 26 de la Evagelium Vitae
El Pontífice resalta, sin embargo, que muchas veces los signos positivos de la cultura de la vida emergen con dificultad en la sociedad hodierna que en ocasiones encuentra sus razones en un desinterés por parte de los medios de comunicación social
De todos modos, la vida es promovida en varios ámbitos: esposos que acogen los hijos como dones del matrimonio, familias que acogen niños en dificultad, voluntarios, centros de ayuda para la vida, movimientos que sensibilizan la opinión pública en cuestiones de guerra, pena de muerte, ecología.
Para concluir, como dice el Pontífice, todos estamos llamados a ser “(…) plenamente conscientes de que nos encontramos ante un enfrentamiento grave y dramático entre el bien y el mal, la vida y la muerte, la “cultura de vida” y la “cultura de muerte”. Nos encontramos no sólo “ante”, sino necesariamente “en medio” de tales conflictos: todos estamos involucrados y somos partícipes con la ineludible responsabilidad de escoger incondicionalmente a favor de la vida” [10].
Sin una respuesta en ese sentido el hombre corre el riesco de convertirse en un elemento del mundo que lo sabe maniobrar, pero que queda inevitablemente asfixiado en él mismo.
En cambio, es necesario regresar al hombre entendido como la única creatura que Dios ha querido por sí misma y que no puede encontrarse en sí mismo si no a través del sincero don de sí. Es necesario regresar a ofrecer ante todo, el verdadero significado del hombre, sólo así será posible derrotar la mentalidad de la muerte y podrá prevalecer la defensa de la vida del hombre colmado de significado.
Con certeza, podemos afirmar que en la Evagelium Vitae Juan Pablo II alienta y preanuncia una civilización fundada precisamente en la dignidad trascendente de la persona humana, en la vida entendida como precioso don y único y por lo tanto, exhorta a una civilización de la verdad y del amor que surge sobretodo y ante todo en la familia entendida como santuario de la vida.
* Lucía Tortorella es docente de Antropología Filosófica y de Bioética de la Facultad Teológica de San Buenaventura- Seraphicum en Roma.
[1] A. FROSSARD-JOHN PAUL II, Be Not Afraid!, Image Books, New York 1985, cit. p.14. [2] GIOVANNI PAOLO II, Non aver paura! Pensieri per la vita, Armenia, Arluno (Mi) 1999, cit. p. 12. [3] GIOVANNI PAOLO II, Non temiamo la verità, Piemme, Casalemonferrato 1995, cit. p. 21. [4] Op. cit. p. 21. [5] GIOVANNI PAOLO II, Evangelium Vitae, Paoline, Milano 1995, cit. p. 11. [6] Op. cit. p. 19. [7] Op. cit. n. 19. [8] Op. Cit. n. 19. [9] Op. Cit. n. 21. [10] Op. cit. n. 28.