María en el arte, instrumento de Evangelización

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Discurso del Nuncio Apostólico Rino Passigato en la inauguración de la muestra de pintura “La Virgen del Rosario en el arte virreinal”

Lima, 7 de agosto de 2003
Museo Pedro de Osma
 

1. Reflexionando en la creación de los ángeles, en la creación de las cosas y finalmente en la del hombre, no se puede menos que tener la impresión de que todo haya estado preordenado para acoger la obra maestra de la creación: María.

La Santísima Trinidad crea a los ángeles y sabe que parte de ellos se rebelará y se hará enemigo de Dios; pero también esto tiene un por qué en el plan de salvación y se orientará a María. A continuación Dios crea las cosas, el universo entero, para poner en la más humilde estrellita una criatura suya especial: el hombre, que instigado por el demonio, se rebelará contra Él. Pero Dios que no había perdonado a los ángeles rebeldes, deja una esperanza en el corazón de Adán y Eva: les promete una “hija” que engendraría al Salvador.

He aquí, pues, perfilarse el por qué de la creación: desde los ángeles a las cosas y hasta el hombre, con todas las incidencias tristes que se sigan, se deberá llegar a la creación de la Virgen, porque todos teníamos necesidad de Ella. Dios Padre tenía un hijo, persona divina, pero no una hija digna de Sí mismo, una hija que reflejase, sin ofuscarla, la idea grandiosa que Él tenía de ella.

Jesús es el Hijo predilecto del Padre y refleja todas sus propiedades divinas. María es la hija predilecta del Padre y refleja perfectamente todas sus maravillas, que ha reservado para Ella.

El Hijo de Dios tenía un Padre, pero no una madre. Hablando humanamente parecía que el corazón del Padre quisiese una hija junto al Hijo, así como, hablando humanamente, parecería que el corazón del Hijo desease una mamá junto al papá.

¿Y el Espíritu Santo? También el Espíritu Santo ha tenido con María algo que antes no tenía. El Padre y el Hijo tenían la perfección de la fecundidad porque de su mutuo amor se inflamó la persona de la tercera persona de la Trinidad. ¿Será fecundo el Espíritu Santo? También Él llega a ser fecundo con María produciendo en su seno la humanidad santísima del Redentor.

Ahora se comprende por qué los Santos Padres han llamado a María “complementum Trinitatis”, porque María está unida indisolublemente a cada una de las tres divinas personas y a la acción que es propia a cada una de ellas.

2. Podemos profundizar más. El Padre tiene una característica que le es propia, que ni el Hijo ni el Espíritu Santo tienen: la fecundidad, por la que engendra al Hijo. He aquí por qué Dante pudo escribir de Jesús: “…el Hijo sublime de Dios y de María…” (Paraíso XXIII, 137)

Dios Padre tenía mil modos de manifestarse a los hombres, pero eligió uno solo: comunicar su propia divina fecundidad al seno inmaculado de una mujer. Esto ha hecho de esta mujer un portento tan grande que ni los hombres ni los ángeles pueden comprenderlo, sino sólo Dios.

También el Hijo ha unido a Sí y a la acción que le es propia, a María de un modo indisoluble. Él ha venido a la tierra para ser el Redentor, el nuevo Adán de la humanidad nueva, vuelta a ser amiga de Dios. Pero estaba prescrito que el hecho de la reparación fuera lo contrario del pecado original: el demonio se había servido de Eva para seducir a Adán y hacerlo desobedecer a Dios; María, nueva Eva, da comienzo a la reparación con las palabras “hágase en mi lo que Dios quiere” (Lc. 1, 38). Pronto, siguieron a estas palabras aquellas del nuevo Adán “He aquí que vengo para ofrecerte mi cuerpo” (Heb. 19, 5)

Desde ese momento el Hijo de Dios será siempre el Hijo de María, deberá a María la posibilidad de ser hombre y le comunicará la propia función del Redentor: María será su colaboradora, su corredentora.

Sólo teniendo presente esta verdad se comprende el prodigio de la Encarnación del Hijo de Dios y la grandeza de María. Según el plan de salvación, habiendo de ser la carne portadora de Dios tomada de la masa de Adán, Dios no pudo prescindir de la colaboración de una mujer y María es la mujer llamada a colaborar con la Omnipotencia divina para salvar al hombre.

Aquí interviene el Espíritu Santo: en primer lugar fue Él quien santificó el alma de María todavía en el seno materno para que fuese digna, mejor aún, dignísima (dignísima Mater Dei), de llegar a ser la madre del Hijo de Dios; además fue Él quien comunicó la divina fecundidad del Padre, con la que María llegó a ser Madre del Hijo de Dios como dice Dante “…la única esposa del Espíritu Santo…” (Paraíso XX, 97-98)

Porque María ha sido hecha fecunda del Hijo de Dios por el Espíritu Santo, éste, la tercera persona de la Trinidad, se siente unido a María como a su purísima esposa que lo ha hecho fecundo de la humanidad santísima de Jesús.

Cuando Dios creó al hombre y la mujer les dijo: “los dos serán una sola cosa” (Gen 2, 24)¿Quién puede expresar la efusión de amor del Espíritu Santo para con su esposa inmaculada? Y siendo el Espíritu Santo el que aplica a los hombres la Redención obrada por Jesús y, lo que es lo mismo, su Santificador, así María, siguiendo la condición de su esposo divino, viene a convertirse ella misma en santificadora de la pobre humanidad y cumple éste su oficio consiguiendo para nosotros por su intercesión las gracias que nos llegan del cielo; por lo cual toda gracias que sale del corazón paterno de Dios, que nos ha merecido nuestro salvador, nos es aplicada por el Espíritu Santo gracias a la intercesión de su dulcísima esposa. De este modo, María fue unida indisolublemente a la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, el cual le comunicó la obra de santificación que le es propia, y María vino a ser también Ella, santificadora por excelencia. La grandeza de María roza lo infinito. Santo Tomás ha escrito: “Habet quamdam infinitatem”.

Las tres divinas personas de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, entraron en Ella y obraron la maravilla más grande. El Padre comunicó a María su fecundidad divina, el Hijo la hizo su Madre, el Espíritu Santo la hizo su esposa.

Por medio de María, pues, Dios ha venido a la Tierra, ha puesto su morada entre los hombres, se ha hecho igual a nosotros, uno de nuestra especie, y nosotros hemos podido ser salvados y llegar a ser hijos de Dios y herederos del paraíso.

3. Por casi 2000 años (desde las catacumbas romanas) el arte viene cantando la gloria, las virtudes y la bondad de María. La palabra se encuentra a veces mal para anunciar su grandeza: María, madre del Hijo de Dios. ¿Quién podrá penetrar jamás en el fondo de este misterio? El arte puede darnos ayuda allí donde nos muestra a María arrodillada en adoración de su hijo colocado en la tierra encima de un poco de heno.

El arte, porque no es palabra, supera el obstáculo que nos impide penetrar en el misterio y nos mete en un estado que recuerda el éxtasis y la intuición.

Piénsese en la espiritualidad que emana de los íconos orientales, espiritualidad que nos arrebata y subyuga. El arte occidental no tiene la profunda espiritualidad del arte oriental, pero tiene una riqueza de humanidad que nos abruma. ¿Quién puede expresar el gozo festivo que experimentamos delante de una “Asunción de María” como la del Correggio (en la Catedral de Parma) o la del Tiziano, considerada su obra maestra (en la iglesia Dei Frari, en Venecia)

Lo mismo se diga de las anunciaciones. ¿Cuánta emoción suscita en nuestro corazón la presencia en ellas de un Padre eterno en el acto de darse a su Hijo?

¿Y qué decir, en fin, cuando el Hijo de Dios desciende corriendo hacia su Madre? Aquella crucecita que lleva a la espalda nos habla de su amor por nosotros, amor que lo ha llevado a dejar los esplendores del cielo para venir a la tierra a sacrificarse hasta morir por nosotros en una cruz.

4. Existe en China una adoración de los reyes magos en la que el artista ha puesto, en lugar de los tres reyes, a Buda, Lao Tse y Confucio. Ante esta visión el alma se siente invadida de un éxtasis suavísimo y pregusta la alegría que será la propia de los cristianos cuando la humanidad se reúna en una sola familia, la familia de Dios y el reino de Dios que se habrá establecido sobre la tierra. El arte cristiano es un instrumento de Evangelización de extraordinaria eficacia y en él María ocupa un lugar privilegiado. La aparición de la Virgen de Guadalupe es el hito más fundamental de la Evangelización latinoamericana y eso mediante una artística imagen, producida aún no se sabe por qué mano ni cómo.

Podremos olvidar lo que hayamos leído, lo que hayamos oído, pero jamás olvidaremos el éxtasis contemplativo experimentando ante una composición religiosa que nos ha tocado el corazón y nos ha conmovido.

La Iglesia canta en la Navidad el misterio de Dios invisible hecho visible en Cristo. El arte cristiano vive en el interior de ese misterio y nos muestra lo visible de lo invisible. En el año 1515 la Catedral de la Asunción de Moscú acababa de ser decorada por espléndidos íconos, entre los cuales estaba la Trinidad de Rublev, terminado en 1425 y los de sus alumnos. El metropolita y los obispos exclamaron: “En verdad que el cielo se abre y la gloria de Dios se manifiesta”.

Esto quiere ser el arte cristiano. Gracias a él, de manera muy particular, el cielo se abre y la gloria de Dios se manifiesta cuando contemplamos a su criatura más excelsa, María, a la que sólo antecede el Hijo de Dios hecho carne.

5. Pero hay más: Dios Padre que en el corazón de la Madre había realizado la obra maestra de la creación, ha querido realizar su plan de salvación en la Nueva Alianza eligiendo el corazón de una mamá; con ello su amor paterno llega a nosotros a través del corazón de una mamá; su amor paterno se convierte en materno, tiene las vibraciones del corazón de una mamá, se hace amor de mamá. Una de las cosas más bella, que más tocan el corazón, más extasiantes entre las hechas por Dios es el haber puesto en el centro de la historia de la salvación, el corazón de una mamá. Ha escrito Urs Von Baltasar: “el elemento mariano gobierna secretamente en la Iglesia, como la mujer en el hogar. Pero la mujer no es un principio abstracto, sino una persona concreta, y de ella, de esta persona, irradia el elemento femenino (es decir materno). Sin mariología el cristianismo amenaza con deshumanizarse sin que lo advierta” (punti fermi, p.30).

En cambio “la acción de la Iglesia en el mundo es como una prolongación de la solicitud (materna) de María” (Marianis Cultus), porque “el amor eterno del Padre se acerca a cada uno de nosotros por medio de esta Madre, María, y adquiere así signos más comprensibles y accesibles a cada persona” (Redemptor Hominis, 22)

María es, pues, nuestra verdadera mamá, y en la Iglesia Ella con materno corazón prepara el Reino de Dios, ofrece sus lágrimas corredentoras, intercede por cualquier gracia.

Así María, de la que hemos visto ser el amor del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo y de toda la corte de los ángeles y los Santos, hasta el punto que se puede decir que en Ella se concentra todo el amor del cielo, es también el amor de todos los hombres y se puede decir que todo el amor de la Tierra se convierta también en Ella. Estos dos grandes amores, el amor de todo el cielo y el amor de toda la Tierra, se unen, se suman, se concentran en Ella.

Y precisamente porque es el amor de todos, María es también la alegría de todos: el gozo de la Trinidad, que ha puesto en Ella todas sus complacencias, el gozo de los ángeles que la proclaman su Reina, el gozo de los bienaventurados que la proclaman su propia honra, y finalmente el gozo de los hombres que se glorían de Ella como de una flor, la única flor nacida de esta pobre humanidad, y la proclaman su esperanza, su honor y su grandeza.

6. Desde los albores del arte cristiano se daba el color azul (o verde, a veces) a las tres personas divinas y el color rojo a las personas humanas. Así Jesús, cuando se le pinta con doble vestidura (una túnica y un manto), y lleva la túnica – osea la vestidura interna – de color azul (o verde), porque es Dios y el manto externo de color rojo, porque se ha revestido de la humanidad.

En cambio la Virgen María lleva la túnica de color rojo (porque es persona humana) y el manto de color azul (o verde) para indicar que ha sido recubierta, “revestida” de la divinidad.

Queriendo dar un rápido recorrido a la iconografía de la Virgen María a través de los siglos, nos encontramos con que en la antigüedad ha representado a la Virgen como una Reina con el niño al que sostiene, de forma que Ella misma parece ser su trono. Ambos miran al que les observa y parecen ignorar ser madre e hijo. Este modo de representar a la Virgen antes del 1200 fue constante tanto en Oriente como en Occidente; más bien en Oriente, continuó siendo la regla aún después. En Occidente este esquema cesó progresivamente de ser la forma dominante de representar a la Virgen, pero continúa siendo aplicado a través de los siglos, si bien mitigado en su rigor por añadidos particulares, como ángeles, santos u otras personas devotas. La obra no pierde su sacralidad, por el contrario aumenta la impresión de la grandeza de María.

Después del siglo XIII los ojos de María se suavizan. María mira al niño con ojos maternales de una dulzura infinita y también el niño Jesús tiene los ojos puestos en su mamá con una gracia que no se puede describir. A veces la mamá lo estrecha contra su corazón, como en algunos cuadros de Sassoferrato y del Correggio y el niño responde abrazando a la mamá o jugueteando o acariciándola amorosamente.

En breve: la Virgen María es presentada como mamá en el verdadero sentido humano de la palabra y el Niño Jesús se deja llevar por todos los impulsos de los niños en brazos de su Madre, expresándole los afectos más delicados, haciéndole mimos con gracia.

Y por fin iba a ser precisamente el protestantismo con su actitud negativa lo que haría reflorecer el Arte Sacro en su dimensión natural de interpretación fiel de la doctrina cristiana. En efecto, no hubo verdad negada por el protestantismo que no fuese afirmada vigorosamente por el arte, especialmente las verdades que tienen que ver con la Eucaristía, la Iglesia y Nuestra Señora.

Santa Clara, que pone en fuga a los sarracenos, mostrándoles la Eucaristía, se convierte en símbolo de la Iglesia, que firme en su calidad de depositaria de la sangre y del cuerpo de Cristo triunfa victoriosamente sobre los herejes.

También la iconografía de Nuestra Señora, se enriqueció notablemente: La Virgen de la serpiente, la Virgen vencedora de las herejías, las victorias de María, la riquísima serie de representaciones de la Inmaculada, han tenido ciertamente un gran incentivo para afirmarse en las negaciones protestantes verificándose así la conocida ley típica de la iconografía cristiana de que “el arte afirma lo que la herejía niega”.

Concluyendo, podemos afirmar sin temor de ser desmentidos: no sólo el arte cristiano y en él, la parte importante que ocupa María, son un instrumento de extraordinaria eficacia para la Evangelización, sino que son también un instrumento igualmente eficaz para proclamar y defender el depósito de la fe cristiana en su integridad y pureza.

Lima, 7 de agosto de 2003
Rino Passigato

(*) Cfr. Giuseppe María Toscano. La vita e la missione di María nell`arte; Vol. I, La Madonna” in mente Dei”, Introduzione. Carlo Pellerzi Editore, Parma, 1989.

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