¿Un periodista a los altares?

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Written by Marcela Zapata  

Manuel Lozano Garrido, “Lolo”

Las comunicaciones constituyen, en en el mundo en que vivimos una importantantísima área social. No es gratuito que se le haya comenzado a llamar y a reconocer como un “cuarto poder”. Es sin duda una gran responsabilidad la que les corresponde a aquellos que asumen el papel de ser periodistas; una responsabilidad con la verdad y con la justicia, que requiere de su parte un gran esfuerzo por manejar y difundir con transparencia y fidelidad la información que se les confía; una responsabilidad con el mundo, con todas y cada una de las personas que directa o indirectamente han de ser afectadas por lo que ellos publican.

Cuando a veces parece tan complicado vivir la honestidad y la transparencia en el mundo de las comunicaciones, en el que ser “bueno” y “sincero” parece para muchos un inverosimil sueño rosa, surge en pleno siglo XX una persona, un periodista que con su vida desafía muchos de los criterios actuales del mundo y se presenta como una alternativa posible, humana, cercana, de cómo vivir siendo fiel a sí mismo, a la propia vocación, a la verdad.

“Lolo” como lo llamaban sus amigos, es el primer periodista que ya se encuentra camino a los altares. Su proceso de beatificación abierto por decreto del obispo de Jaén, Santiago García Aracil, en 1994, se encuentra desde el 2002 en trámites en la Congregación para las causas de los Santos.

Escritor profundamente cristiano, ha construido una vida que demuestra cómo sí es posible vivir la santidad en nuestro tiempo haciendo de lo cotidiano algo extraordinario.

Manuel Lozano Garrido, “Lolo”, nació en Linares, Jaén-España en 1920, a los 7 años queda huérfano de Padre y a los 11 años ingresa en la Acción Católica como socio Juniors. Será precisamente esta asociación de carácter seglar y fundada por Pio XI, el espacio en el que Lolo aprenda a amar profunda y fervorosamente al Señor Jesús Sacramentado y a la Virgen María, el espacio donde se forje como apóstol al servicio de la Iglesia.

La España que le toco vivir a Manuel, en plena guerra civi, estuvo llena de dificultades políticas, que no dejaron de afectar la vivencia de la fe de los cristianos de aquella época. Las persecuciones no hicieron retroceder el ardor apostólico del joven Lolo, aún más, lo lanzaron a arriesgadas tareas. Convertido en un Tarsisio de este tiempo, Lolo se encargaba de llevar la comunión a muchas personas, incluso a quienes se encontraban en la cárcel por su fe. Él mismo pasó tres meses en prisión por su labor apostólica:el Jueves Santo pasó toda la noche adorando el Santísimo, que le habían hecho llegar en un ramo de flores, con otros jóvenes católicos que también se encontraban en prisión.

Sus años de adolescente alegre y travieso fueron entregados fervientemente al anuncio del Evangelio y a la defensa de la Fe. Sin embargo, a los 22 años de edad (1942) desarrolla una enfermedad llamada “espondilitis” que comienza a degenerar poco a poco su cuerpo y que ya para 1943 le deja en una silla de ruedas. Tal pareciera que Dios le estuviera jugando una mala pasada, sin embargo, cuando se tiene veraderamente fe y confianza en Él se aprende a ver la realidad, la propia realidad y el mundo con otros ojos, con los ojos de Dios, entonces todas las cosas se ordenan y revelan su profundo significado. Para Lolo su enfermedad no fue una maldición, por el contrario, como él mismo lo afirma: “Aparentemente el dolor cambió mi destino de modo radical. Dejé las aulas, colgué mi título, fui reducido a la soledad y el silencio. El periodista que quise ser no ingresó en la Escuela; el pequeño apóstol que soñaba llegar a ser dejó de ir a los barrios; pero mi ideal y mi vocación los tengo ahora delante, con una plenitud que nunca pudiera soñar”. Así escribe en “Cartas con la señal de la Cruz”.

De hecho Lolo escribió muchísimo desde su silla de ruedas. Cuando aún podía mover un poco los dedos de sus manos le regalaron una máquina de escribir, que hizo poner bajo la mesa del altar de la primera Eucaristía que se celebraba en su casa, “para que así el tronco de la Cruz se clave en el teclado y eche allí mismo sus raíces”.

Entre su producción se enumeran cuentos, poesías, artículos en la prensa nacional y provincial, diarios, una autobiografía novelada y 9 libros de espiritualidad; todos ellos cargados de una profundidad existencial y una fineza espiritual que solo puede alcanzar una persona que conoce el sufrimiento y la fragilidad humana muy de cerca, pero que además ha sabido vivirlos y afrontarlos con alegría y esperanza.

Lolo encontró sentido a su sufrimiento y a su vida en Dios y traspasado por el Amor se dedicó a llevar este mensaje a todo el mundo. Lo interesante es que no solo se dedicó a escribir temas religiosos, sino que supo iluminar los acontecimientos de actualidad en todos los ámbitos desde la luz de la fe de la Iglesia.

Incansable en su apostolado, escribió con su mano derecha hasta que ésta se le paralizó, entonces aprendió a escribir con la mano izquieda y cuando ésta dejó de tener movimiento le dictaba a un magnetófono.

Los últimos 9 años de su vida estuvo completamente ciego, pero de esta época datan varios de sus libros, los cuales le dictaba a su hermana Lucy. Fundó además una asociación para enfermos llamada Sinaí, cuyo fin era el de velar por los diferentes medios de comunicación mediante grupos de oración. Así, un grupo de doce enfermos junto con un monasterio se encargaban de rezar por un determinado medio de comunicación.

Lolo era conciente de su vocación y de su misión, ni el intenso dolor por su enfermedad ni la tentación de la desesperanza o la tristeza pudo alejarlo de su confianza en las promesas de Dios, son justamente la paciencia en el sufrimieto, la alegría y la esperanza las virtudes por las que más se le recuerda. Pasó su existencia haciendo apostolado, sobre todo evangelizando ese su mundo tan querido del periodismo, ya fuera con sus fuertes exhortaciones a sus colegas, ya con la oración, ya con su mismo testimonio de vida.

El día tres de noviembre de 1971, día de San Martín de Porres, parte hacia la casa del Padre, pero no sin antes marcar de nuevo ese horizonte claro y esperanzador:

“Amigos:
Por un tiempo no nos veremos;
me adelanto al encuentro del Padre;
Os agradezco que hayáis estado junto a mi muerte, como estuvisteis junto a mi sillón de ruedas.
Sigo vuestro y os renuevo mi cita en la Alegría.
Cuidad de Lucy.
Y recordad que todo es gracia.”

Mayor información: http://www.amigosdelolo.com

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