Don Quijote de la Mancha: Eco de singulares siglos

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Por Ángel Pérez Martínez  

Tenue es la luz que pasaba por la luz de los ventanucos de las cárceles en España a finales del siglo XVI. Los reflejos del sol alumbraban apenas a los presos, y sin embargo, algunos se daban tiempo para escribir cartas y pensamientos ayudados por luces de velas y candelabros en las aciagas noches. Así nació Don Quijote. Iluminado por el sol que reverberaba en la pobreza, Cervantes concibió su obra maestra, sin más ayuda que la de su pluma, su corazón y los dones de Dios en una simple estancia. Privado de la libertad hizo uso de ésta de manera profunda, creando una de las obras cumbres de la historia de la literatura.

Dote de Cervantes es su realismo cuando relata desde ese crisol que es el mismo Quijote. A tenor de esa perspectiva, que es ya de sí compleja, la de la relación del Quijote consigo mismo, con el mundo y con su fiel escudero, contemplamos una época, una circunstancia, unas gentes y una realidad que nos permite indagar en el espíritu humano.

La España del siglo XVI presenta uno de los ambientes culturales más ricos y sugerentes de toda la historia. Allí se dan la mano las corrientes espirituales de la reforma, con toda su variada impronta de mano de grandes maestros y santos. Las costumbres se ven contagiadas de este espíritu cristiano y caballeresco, si caballeresco es servir constantemente y donar la vida por el mundo nuevo, aunque este quede a miles de leguas de distancia. Y así, aupada por la fe y esa fervorosa acción, España también crea, y lo hace con un esplendor sobrio y consistente de dónde nace la belleza del barroco, el realismo de la pintura velazqueña, la profundidad resonante de la poesía de Lope, o el fausto teológico de Calderón.

Todo ello nos llega alegrándonos los sentidos, y elevando nuestras mentes hacia la contemplación de una operación que se dirige hacia la dignificación de lo humano, que toma de la teoría más elevada y la vuelca en las costumbres y en el desarrollo del arte y la técnica.

Queda, a pesar de todo, un aparente vacío. El vacío de las voces cotidianas. Vemos, eso sí a hombres y mujeres retratados en los óleos pictóricos. Las copas cristalinas que reflejan los brillos, el caldero hirviente, la forja española mitologizada, a Dios mismo crucificado y a la Trinidad presente. Todo ello añade y llama a la palabra. Y no sólo a la palabra poética o dramática sino a la que manifieste la acción cotidiana, a los giros, las miradas del torso continuo de un pueblo que nos deja por un lado su altura y por otro su sencillez.

Aquí El Quijote viene a completar el retablo. Resuenan en sus páginas no sólo las bellas descripciones de la meseta castellana, o de las construcciones campechanas como posadas y molinos de viento, si no sobre todo escuchamos hablar una y otra vez en diálogos de variados tonos y colores a las gentes de la España de los siglos de oro. Campesinos, curas, barberos, alguaciles, posaderos, cocineras, nobles, todos van desfilando por sus páginas, en un paseo espontáneo, tanto así que asistimos al nacimiento del primer relato al natural en la historia de las letras. Y llega por esa mixtura de vitalidad y genialidad condensada en esos siglos. Parte de lo asombroso de todo ello es la sencillez del pueblo español en medio del renacer del tiempo. En Don Quijote de la Mancha podemos acercarnos desde otra perspectiva a este tiempo, usando además un especial lente que es la pluma cervantina y su paradigmático estilo.

El Quijote no es un caballero solitario en la amplitud del horizonte. Nace y pertenece a una estirpe cultural, es el traductor novelesco de una dimensión del alma española. Por ello para entenderlo es necesario comprender a la España de los siglos de oros. No hace mucho que fue elegida por una encuesta mundial como la mejor novela de todos los tiempos. Seguramente lo es. Lo que se desconoce en cierta medida es que con ella se elige también un lugar y un tiempo específicos de la historia como paradigmáticos.

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