“Reflexiones de un Cirio”

Share

Written by Yuri Kobayashi   Parece que la noche terminó de instalar su oscuridad inmensa allá afuera, y es que los hombres han dejado de venir y apenas puedo recordar la oración del último que estuvo aquí, arrodillado en silencio, con la mirada puesta en mi Señor: “Quisiera poder entrar en tu sagrario y confesarte esto que hace temblar mi pecho, decirte cuánto me apena quererte y no poder abrazarte… pero no puedo, no me atrevo porque soy un cobarde y tengo miedo… quizás algún día, Señor… otro día…” Sí, esas fueron sus palabras, las recuerdo porque el rostro entristecido de aquel muchacho se quedó grabado en mi memoria, y más aún el rostro acongojado de mi Señor; Él se alegra con las alegrías y se entristece con las penas de cada uno de sus hijos, los hombres. Una lágrima de cera blanca ha rodado hasta mis pies. Yo, que he sido hecho para estar siempre a tu lado, debo aprender a hacerlo más aún cuando te vea así, herido.¡Oh Señor mío! si me pidieras que encienda una lámpara buscaría el mejor aceite y lo haría fuego enseguida; si me mandaras prender una fogata ardería con fuerza hasta hacer crepitar la leña; y si una antorcha quisieras dar al pastor de cien ovejas, me haría luz y camino para su rebaño. Pero no tengo la hermosa forma de una lámpara de aceite, ni siquiera su perfume; tampoco la fuerza arrolladora de una gran fogata, y menos la luz de la antorcha que guía al hombre en la oscuridad. Soy apenas un cirio, un cirio pequeño con grandes anhelos.Todas las noches las paso en vela junto a ti, en este oratorio sencillo que respira porque estás en él, que calla porque desea escucharte, que vuelve sus paredes para contemplarte; y es en este silencio apacible que he aprendido a amarte. Pero no sólo yo; todo el que ingresa a este santuario y me ve brillando a través de este fanal de rojo intenso, encoge los hombros un poco, arruga por detrás de la cabeza el cuello y se hinca de rodillas en el suelo; mas no como quien no entiende lo que ve -ni siquiera como dudando- sino como el niño que ante lo inmenso recién descubierto así se sobrecoge ¿Será esto por la luz que les alcanzo? ¡si es apenas una frágil llama! ¿acaso por mi porte, mi rubor, mi fiel oficio? No, nada de eso, porque no es a mí a quien miran cuando me ven. Es a ti, Señor; tu presencia y amor los sobrecogen.

Ya es de mañana. Lo sé porque oigo a la cuculí bostezar y huele a humedad. Pronto llegarán los hombres a consagrarte su día y tú los bendecirás, como siempre, desde antes que ellos despierten: al señor del traje gris y espesa barba, a los niños somnolientos que esperarán el bus de la escuela, al que barre las calles tan temprano, a las madres de todos, a quien reza, a la niña de moños coloridos y al abuelo aún de pie siempre en la puerta. Hago silencio y rezo. Me recojo y otro poco de cera cae cubriendo mis manos; las manos que estaban juntas para mejor rezar por ellos.

Mira, es el muchacho triste de ayer, de todos estos días. Las rejas están cerradas así que permanece allá afuera, apretándolas como clamando. Pero Tú, Señor, que tanto amas y todo lo puedes, le abres y le dejas entrar. Míralo, está allí abajo mirando al suelo, haciendo puño con una mano y con la otra apretando el rostro. Reza -le he dicho- así, con ambas manos -mas no me escucha- Suspiro.
En medio de su llanto casi puedo oír su oración: “Señor, Señor… quiero abrirte mi corazón pero siento que no puedo, y es que creo que tengo miedo de ya encontrarte dentro… Durante siete noches seguidas he venido a verte, a tratar de descifrar tus palabras, mas no he podido. Hoy, en cambio, vine temprano a buscarte, porque tengo, Señor, anhelos que estallan en mi corazón y porque, aunque no soy bueno ni fuerte ni digno, tengo esta locura de seguirte, de poner mi vida entre tus manos que me angustia… ¿qué puedo hacer? Jesús, Jesús ¿qué es lo que quieres de mí?” Ha roto en llanto. Pobre. Apenas oí lo que dijo al final, ¿lo oíste Tú? sí, claro que lo oíste.

Han pasado varios minutos desde que el muchacho te hiciera esa pregunta y durante ese tiempo tan corto un diálogo de amor intenso ha bastado para consolar su corazón. Desde aquí sólo he oído murmullos, he visto sonrisas mudas y miradas tranquilas, brillantes, reposadas. Ahora sé que le has respondido, con ese amor que sobrepasa y conmueve, pero también con firmeza, como lo haces con todos aquellos a quienes amas. Sus ojos tristes se han encendido y ahora arde su corazón, pues está dispuesto a dejarlo todo para seguirte, incluso sus miedos. Ya no tiene que angustiarse más, ha descubierto que sus anhelos son verdad, que son suyos, que fuiste Tú quien los pusiste en su corazón.

Mirar a aquel muchacho, escucharlo, me hace volver a mí la mirada. Yo sólo soy un cirio, y también como él me sé pequeño y débil, indigno de ti. Sin embargo, ahora comprendo, Señor. Convocas a los más pequeños para ser de los tuyos y nos enseñas con paciencia a ser humildes de corazón; de mi debilidad sacas Tú la fuerza necesaria para la misión; y porque soy indigno me das la vocación hermosa de servirte todos los días de mi vida, dando testimonio a los hombres de tu presencia más allá de este sagrario, en medio del mundo, e infundiendo tu luz y tu esperanza hasta consumirme del todo. También mis anhelos son verdad.

El muchacho levanta el rostro y se persigna mientras intercambia en silencio unas palabras con el Señor, pero al ponerse de pie detiene en mí su mirada. Yo no sé, pero algo nos unió en ese momento, fue como una mutua promesa a Quien tanto nos ama, y a la vez un acto reverente del uno para con el otro. Él se fue al mundo, con los hombres, y yo me quedé aquí junto al Santísimo Sacramento para esperarlos; él con la espada y yo con fuego; él llamado a ser santo y yo centinela eterno de mi Señor.

FIN

También puedes revisar:

 

Déjanos un comentario





Revisa cuidadosamente tu nombre y tu e-mail antes de enviar. En caso de error, tu comentario será borrado.