“Reflexiones de un Cirio”
Ya es de mañana. Lo sé porque oigo a la cuculí bostezar y huele a humedad. Pronto llegarán los hombres a consagrarte su día y tú los bendecirás, como siempre, desde antes que ellos despierten: al señor del traje gris y espesa barba, a los niños somnolientos que esperarán el bus de la escuela, al que barre las calles tan temprano, a las madres de todos, a quien reza, a la niña de moños coloridos y al abuelo aún de pie siempre en la puerta. Hago silencio y rezo. Me recojo y otro poco de cera cae cubriendo mis manos; las manos que estaban juntas para mejor rezar por ellos.
Mira, es el muchacho triste de ayer, de todos estos días. Las rejas están cerradas así que permanece allá afuera, apretándolas como clamando. Pero Tú, Señor, que tanto amas y todo lo puedes, le abres y le dejas entrar. Míralo, está allí abajo mirando al suelo, haciendo puño con una mano y con la otra apretando el rostro. Reza -le he dicho- así, con ambas manos -mas no me escucha- Suspiro.
En medio de su llanto casi puedo oír su oración: “Señor, Señor… quiero abrirte mi corazón pero siento que no puedo, y es que creo que tengo miedo de ya encontrarte dentro… Durante siete noches seguidas he venido a verte, a tratar de descifrar tus palabras, mas no he podido. Hoy, en cambio, vine temprano a buscarte, porque tengo, Señor, anhelos que estallan en mi corazón y porque, aunque no soy bueno ni fuerte ni digno, tengo esta locura de seguirte, de poner mi vida entre tus manos que me angustia… ¿qué puedo hacer? Jesús, Jesús ¿qué es lo que quieres de mí?” Ha roto en llanto. Pobre. Apenas oí lo que dijo al final, ¿lo oíste Tú? sí, claro que lo oíste.
Han pasado varios minutos desde que el muchacho te hiciera esa pregunta y durante ese tiempo tan corto un diálogo de amor intenso ha bastado para consolar su corazón. Desde aquí sólo he oído murmullos, he visto sonrisas mudas y miradas tranquilas, brillantes, reposadas. Ahora sé que le has respondido, con ese amor que sobrepasa y conmueve, pero también con firmeza, como lo haces con todos aquellos a quienes amas. Sus ojos tristes se han encendido y ahora arde su corazón, pues está dispuesto a dejarlo todo para seguirte, incluso sus miedos. Ya no tiene que angustiarse más, ha descubierto que sus anhelos son verdad, que son suyos, que fuiste Tú quien los pusiste en su corazón.
Mirar a aquel muchacho, escucharlo, me hace volver a mí la mirada. Yo sólo soy un cirio, y también como él me sé pequeño y débil, indigno de ti. Sin embargo, ahora comprendo, Señor. Convocas a los más pequeños para ser de los tuyos y nos enseñas con paciencia a ser humildes de corazón; de mi debilidad sacas Tú la fuerza necesaria para la misión; y porque soy indigno me das la vocación hermosa de servirte todos los días de mi vida, dando testimonio a los hombres de tu presencia más allá de este sagrario, en medio del mundo, e infundiendo tu luz y tu esperanza hasta consumirme del todo. También mis anhelos son verdad.
El muchacho levanta el rostro y se persigna mientras intercambia en silencio unas palabras con el Señor, pero al ponerse de pie detiene en mí su mirada. Yo no sé, pero algo nos unió en ese momento, fue como una mutua promesa a Quien tanto nos ama, y a la vez un acto reverente del uno para con el otro. Él se fue al mundo, con los hombres, y yo me quedé aquí junto al Santísimo Sacramento para esperarlos; él con la espada y yo con fuego; él llamado a ser santo y yo centinela eterno de mi Señor.