Un Detective poco común
“Chesterton dijo que no se habían escrito cuentos policiales superiores a los de Poe, pero Chesterton –me parece a mí- es superior a Poe”. Con ésta y otras muchas citas Jorge Luis Borges se reconocía discípulo del genial Gilbert Keith Chesterton (1874-1936). Borges admiraba su imaginación explosiva, su humor, la perfecta arquitectura de sus tramas detectivescas y se daba, además, perfecta cuenta de que el escritor inglés había cambiado para siempre el curso de la historia del relato policial.
Auguste Dupin de Edgar Allan Poe, Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, y mucho antes, ampliando un poco el espectro de visión, Zadig de Voltaire invitaban al lector a acompañarlo a dilucidar dos preguntas principales: “¿Quién lo hizo?” y “¿Cómo lo hizo?”. Chesterton realizó un verdadero giro copernicano al poner en el centro del relato policial otra pregunta: “¿Por qué lo hizo?” Así, en sus páginas, el “quién” y el “cómo” se transformaron en el amplio escenario donde debutaría un personaje misterioso: el ser humano.
El criminal, ese “quién” que Sherlock descubre por los rastros de ceniza que ha diseminado por la escena del crimen es para Arthur Conan Doyle el enemigo de la sociedad burguesa. Es un paria, un renegado que hace tambalear la cómoda irrealidad en la que vive la “gente decente”. En cambio, quien hace tambalear los inhumanos cánones sociales en las obras de Chesterton es el mismo detective. Un detective que, aun sin proponérselo, cuestiona hasta la médula la vaciedad de aquella sociedad frívola y hedonista que no desapareció junto con la era victoriana. El papel de criminal lo interpreta un ser humano que obra como obra por razones que el lector sólo puede vislumbrar si utiliza el mismo método que el detective: ponerse en la situación existencial del otro. Al hacerlo, el lector no obtiene una respuesta fácil como podría ser: “lo hizo por dinero”, sino una pregunta compleja, como por ejemplo: “¿y por qué razón hago yo también cosas de las cuales no me siento orgulloso?”.
Chesterton creó un detective para el que nada pasa desapercibido, pero que pasa desapercibido para todo el mundo. Un detective tan fuera de lo común que no acepta resolver casos porque “era un trabajo duro pero alguien tenía que hacerlo”, por figurar o por evadirse del tedio, sino porque quizás así podrá lograr que un criminal se arrepienta o porque impedirá de esa manera una injusticia u otro crimen mayor.
Ese detective es una simétrica paradoja a la que Chesterton ha dado vida vistiéndola con una vieja sotana y adornándola con un paraguas más viejo aún. Un hombre de baja estatura, miope y regordete, de gesto bonachón, de pocas y sencillas palabras, de movimientos lentos y poco gráciles. Alguien a quien un tonto forzosamente tomaría por un tonto. Un desconocido y pobre sacerdote católico en la Inglaterra protestante y poderosa de principios del siglo XX. Hasta su apellido es común: Brown.
Una de las más agudas descripciones del personaje de Chesterton pertenece nada menos que a Antonio Gramsci, y está tejida en comparación con el personaje de Conan Doyle. “Sherlock Holmes –opinaba el fundador del Partido Comunista Italiano- es el detective protestante que desata el complejo nudo del crimen trabajando desde fuera, utilizando métodos científicos y experimentales basados en la inducción. El Padre Brown es un sacerdote católico que utiliza la sutil experiencia psicológica que ha adquirido en el confesionario y la vigorosa casuística moral de la patrística; aunque no desprecia el método científico y la experimentación se apoya fundamentalmente en la deducción y la introspección. De esta forma, supera ampliamente a Sherlock Holmes que, a su lado, parece un colegial sabiondo con una visión de la vida bastante limitada”.
Luego de Chesterton muchos escritores de relato policial articularon sus ficciones en torno a las motivaciones internas de los personajes, pero pocos como él tuvieron la fineza necesaria para retratar realidades aún más profundas que la dimensión psicológica. En efecto, el creador del Padre Brown fue más allá; se adentró en lo más hondo, en la dimensión espiritual y definitiva del hombre. En ese sentido, la saga del Padre Brown está mucho más cerca de Crimen y Castigo que de El Sabueso de los Baskerville.
Por ello podemos decir —prestándonos términos de Gabriel Marcel— que Arthur Conan Doyle escribió novelas problema mientras que Gilbert Keith Chesterton escribió auténticas novelas de misterio. El problema es externo a nosotros y para resolverlo está el método científico. Por el contrario, el misterio nos abarca y para surcarlo es necesario hacer silencio y tener el coraje de entrar en uno mismo.