La Música, don de Dios

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*artículo publicado en la revista Alfa y Omega n°363Cuenta el primer libro de Samuel que un espíritu malo se apoderaba del rey Saúl y le infundía espanto. En tales ocasiones, «cuando el espíritu asaltaba a Saúl, tocaba David la cítara y Saúl encontraba calma y bienestar, y el espíritu malo se apartaba de él». Y es que la música ha servido siempre como vehículo de expresión de todas las experiencias humanas: cuando se necesita paz y sosiego, ayuda a conseguir la calma; a la hora del combate, anima el corazón del soldado para entrar con fuerza en la batalla; y también sirve para facilitar las relaciones de los hombres con Dios.

En el caso de Israel, la expresión de su estrecha relación con Dios queda reflejada en los salmos. Sin embargo, para el pueblo en el que nació Cristo, cantar los salmos no es solamente la expresión de una experiencia artística, sino que tiene que ver con su propia historia. En los salmos, por tanto, se unen la fe y la vida. En ellos se hace memoria de Dios, que se encarna en la propia historia; todo ello expresado en la pobreza de unas palabras cantadas y recitadas por hombres concretos, y conservadas con veneración a través de los siglos.

El Libro de los salmos es una colección de composiciones que expresan las diferentes vicisitudes por las que pasa el creyente en su relación con Dios; hay salmos de alabanza al Señor; salmos de súplica y de lamentación, tanto individuales como colectivas; hay salmos de acción de gracias; también se pueden encontrar en el salterio los llamados salmos de las subidas, que cantaban los peregrinos al subir a la ciudad de Jerusalén. Muchos de ellos se utilizaban en la liturgia del templo de Jerusalén, y la gran mayoría solían ser recitados en las sinagogas, o en la oración individual. Era tal la importancia de estas composiciones, que se cantaban acompañadas de instrumentos musicales y danzas. Un ejemplo nos lo da el segundo Libro de Samuel: cuando el Arca de la Alianza subía a Jerusalén para ser depositada allí, «David y todo el pueblo de Israel bailaban delante de Yahvé con todas sus fuerzas, cantando con cítaras, arpas, tambores y címbalos»; todo lo cual refleja una relación con Dios que afecta a la totalidad del ser.
Es fácil imaginar que Jesús también cantó salmos, escogiendo de la tradición hebrea estas oraciones y dirigiéndose al Padre con ellas. Probablemente, cantó los salmos de las subidas en sus peregrinaciones a Jerusalén – quizá también en la que hizo, en su infancia, junto con José y María-. La misma escritura nos ha dejado un recuerdo de esta faceta tan poco conocida, y sin embargo tan humana, de Jesús, cuando dice que tras la institución de la Eucaristía, Jesús y sus discípulos “cantaron himnos”: se trata de los llamados salmos del Hallel, que los judíos recitaban tras la celebración del banquete pascual.
La importancia de los salmos continuó en la vida de la Iglesia. En su presentación del Libro de los salmos, la Biblia de Jerusalén dice: «Los salmos los recitaron Jesús y la Virgen, los apóstoles y los primeros mártires. La Iglesia cristiana ha hecho de ellos, sin cambiarlos, su oración oficial». Las celebraciones de los primeros cristianos contaban con abundancia de cantos. El mismo san Pablo, en la epístola a los efesios, habla de su importancia, tanto en las celebraciones comunitarias como en la oración personal: «Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor». San Agustín, en sus Enarraciones a los salmos, anima a los creyentes a cantar, diciendo que «el que canta los salmos, ora dos veces». San Atanasio afirma que «el Libro de los salmos contiene en sí mismo todo lo que aparece en los demás libros de la Escritura». Plinio el joven, según recoge la instrucción Musicae sacrae, de Pío XII, cuenta cuál es la acusación que se hacía a los mártires de Bitinia, «que solían reunirse en días determinados para cantar un himno a Cristo como a Dios».

Posteriormente, el canto litúrgico en Occidente se enriqueció con la aparición del canto gregoriano, cuya autoría es atribuida, según la tradición, al Papa san Gregorio Magno. Sin embargo, la creación del denominado canto gregoriano no pertenece a un solo autor ni a una sola época, sino que es el resultado de la evolución del canto litúrgico entre los siglos VI y IX. En los siglos siguientes, el gregoriano se vio realzado con el acompañamiento del órgano y con la aparición del canto polifónico, lo que dio a la música religiosa una gran variedad de formas y melodías. Los grandes autores de todos los tiempos nos han dejado una ingente cantidad de composiciones de gran valor artístico, que otorgan una indudable belleza a la celebración litúrgica.

El Concilio Vaticano II ha destacado la importancia de conservar la tradición musical de la Iglesia «como un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne». Al mismo tiempo, anima a los compositores cristianos a «componer melodías que presenten características de verdadera música sacra y que puedan ser cantadas, no sólo por las scholae cantorum, sino que estén también al alcance de los coros menores y fomenten la participación activa de toda la asamblea de los fieles». De este modo, tradición y renovación se unen para ensalzar a Aquel que es digno de toda alabanza. Prueba de ello es la gran aceptación que el canto gregoriano tiene entre todos los fieles, especialmente cuando las comunidades de religiosos y religiosas ofrecen al pueblo la posibilidad de participar en la Liturgia de las Horas.
El Concilio Vaticano II afirma la santidad como una nota característica del canto sagrado. Por ello, el mismo Concilio pide que los textos destinados al canto se tomen de la Sagrada Escritura; y el Directorio Canto y música en la celebración recomienda que la música sea apropiada para ser signo del Misterio –porque no toda música buena vale para la liturgia–, de modo que sea apta para conectar con los distintos momentos celebrativos.

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