La Grandeza del Ser Humano

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Hasta aquí podemos constar en líneas generales la visión marcadamente pesimista de Shakespeare sobre el ser humano. “En Shakespeare, son los hombres los perversos, los capaces de ver el bien y hacer el mal, por flaqueza. Están, por tanto, en situación de matar la luz, de escoger la nada, el absurdo, y de destruirse a sí mismos y a los demás, espiritualmente (…) El hombre es un lobo para el hombre: he aquí la primera intuición de nuestro dramaturgo. La mayor parte de los sufrimientos humanos procede de la dureza, de la fría malignidad, en una palabra, de la falta de caridad de los poderosos de este mundo para con los débiles”1. Pero hay que decir que junto con todo esto –que es lo que más abunda- hay también ejemplos de una grandeza incomparable en el hombre. Si es verdad que hay un notorio pesimismo en Shakespeare, también es cierto que no es un pesimismo absoluto. El hombre es bueno y puede expresar una grandeza incomparable. Pero ¡ay! Qué pocos son los buenos de este mundo, y cuán ocultos están por la maldad que campea en todas partes.Así como hemos pasado revista a la “infernal galería” de personajes que evidencian el mal y el pecado en muchas de sus facetas, vamos ahora a mirar las figuras del teatro shakesperiano que resaltan la condición positiva del hombre. El que estos personajes comparativamente sean pocos, no quita que no existan y que, en medio del mal que parece reinar en esta vida, ofrezcan una luz de esperanza que permita avizorar un mundo mejor.

La bondad: Desdémona y Horacio

Lo mejor de la condición humana en Shakespeare está vinculada a las víctimas. Son los que sufren quienes en su desgracia saben mostrar lo mejor de la humanidad. Es el caso de la joven esposa de Otelo, Desdémona, quien cae asesinada víctima de los celos del marido. Y sin embargo, a pesar de ser injustamente acusada y terriblemente maltratada, Desdémona no abandona su amor hacia el que será su verdugo:

“Desdémona: ¿Habláis de matar?
Otelo: Sí, de matar hablo.
Desdémona: ¡Entonces el cielo tenga piedad de mí!
Otelo: ¡Amén, con todo mi corazón!
Desdémona: Aunque habláis de esa manera, espero que no me mataréis.
Otelo: ¡Hum!
Desdémona: Y sin embargo os temo, pues sois fatal cuando vuestros ojos ruedan así. Porqué deba temer, lo ignoro, puesto que no sé de culpabilidad. No obstante, lo siento, tengo miedo.
Otelo: Piensa en tus pecados.
Desdémona: Son amores que os llevo.
Otelo: Sí, y por eso vas a morir.
Desdémona: Da una muerte contranatural el que mata porque se le ama”2.

Herida de muerte, no duda Desdémona en perdonar y encubrir a su marido:

“Emilia: ¡Horror! ¡Ay! Sí era la voz de mi señora … ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Oh señora, hablad, hablad otra vez! Dulce Desdémona, oh dulce señora, hablad, hablad otra vez.
Desdémona: ¡Muero inocente!
Emilia: ¡Oh! ¿Quién ha cometido este crimen?
Desdémona: Nadie. Yo misma. Adiós. Encomendadme a mi bondadoso señor. ¡Oh, adiós! (Muere)”3.

Casi nos parece estar escuchando a San Pablo cuando dice: “El amor es paciente, es amable; no es envidioso ni jactancioso, no se engríe; es decoroso, no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”4.

Desdémona es una figura maravillosa, la expresión más plena de lo femenino que Shakespeare ha podido crear, porque sabe amar. Pero está también Horacio, el fiel compañero de Hamlet, quien en todo momento busca proteger al joven príncipe y alejarlo de la ruina que se aproxima. Oigamos al mismo Hamlet haciendo un elogio particularmente elevado de su amigo:

“Hamlet: Horacio, eres precisamente el hombre más cabal de cuantos he tratado en mi vida (…) Desde que mi querida alma fue dueña de escoger y supo distinguir entre los hombres, te marcó a ti con el sello de su elección, porque tú has sido siempre como quien, soportándolo todo, nada padeciera: has recibido con igual semblante los favores y los reveses de la fortuna (…) ¡Dadme un hombre que no sea esclavo de sus pasiones y yo le colocaré en el centro de mi corazón; sí, en el corazón de mi corazón, como te guardo a ti”5.

Tiene razón Antonio Blanch cuando dice: “Horacio aparece, en efecto, no sólo como el único personaje realmente sereno e imperturbable, sino también como la única persona íntegra en aquel ambiente podrido; el único en quien Hamlet puede confiarse del todo, porque permanece siempre dueño de sí mismo, ajeno a la trama trágica, actuando eficazmente desde el margen, como único punto de apoyo seguro en el desconcierto general”6. La amistad, amor desinteresado del otro, hace de Horacio una figura buena, algo realmente raro en la dramática shakesperiana.

Citas:

Charles Moeller. Sabiduría griega y paradojas cristiana, o.c., p. 168.
2 William Shakespeare. Otelo, el moro de Venecia, acto V, escena II.
3 Loc. Cit.
4  Cor 13, 4-7.
5 William Shakespeare. Hamlet, príncipe de Dinamarca. Acto III, escena II.
6 Antonio Blanch. El hombre imaginario.Una antropología literaria. Madrid; Ediciones PPC 1995, p. 146.

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