El Colectivimismo de Nuestro Tiempo
Luis Fernando Gutiérrez Velásquez (Director del Centro de Estudios Católicos en Costa Rica)
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Introducción: Individualismo vs. colectivismo
No ha sido ajeno a la historia del ser humano el experimentar una cierta tensión entre la dimensión individual y la dimensión social de la existencia. Pero quizás ha sido sobre todo a partir de la modernidad con filosofías políticas como las de Hobbes1 o Rousseau2 que la tensión se ha destapado como franca oposición incluso a nivel teórico. Se pasó de una concepción en la que las instituciones y la organización social tenían como función la educación y felicidad de los miembros de la sociedad —como postulaba por ejemplo Aristóteles— a otra en la que se concebía a la sociedad más bien como una amenaza para el individuo; y a la organización social y a las instituciones como medios orientados a posibilitar la supervivencia del individuo y protegerlo del potencial daño que le podían infringir los otros miembros de la sociedad.
En el siglo pasado esta oposición entre individuo y sociedad llegó a niveles extremos y se plasmó en sistemas concretos de organización y gobierno de tal manera que permitía una clasificación que aunque imperfecta resultaba elocuente. Se hablaba así del colectivismo en el que se ubicaban los totalitarismos de izquierda y derecha en los que los derechos de la sociedad, representada por el Estado, se superponían a los derechos del individuo. Colectivistas eran el Nazismo, el Fascismo y el Comunismo.
Por otro lado se hablaba del individualismo propio del capitalismo liberal que como sistema económico y de gobierno exaltaba al individuo por encima de cualquier consideración social o del bien común. Se podía pues así hablar de una cierta oposición entre individualismo y colectivismo.
El colectivismo en nuestro tiempo
La caída del comunismo en los años 80 del siglo XX fue señalada como la derrota del último de los colectivismos y el triunfo del individualismo como sistema imperante. Triunfo lamentado y hasta negado por unos y celebrado por otros que veían en él, el camino para asegurar y salvaguardar ciertos valores fundamentales como la dignidad y libertad del individuo.
Lo cierto es que al dar una mirada aguda y atenta a la realidad de nuestro tiempo, de este tiempo al que muchos le dan el nombre de postmodernidad cabe preguntarse ¿ha desaparecido de verdad el colectivismo? ¿Se salvaguardan de verdad la dignidad, libertad auténtica y derechos del individuo? ¿No pareciera ser más bien que se dan nuevas y disimuladas formas de colectivismo, de subordinación del individuo y su suerte a las intenciones y fines de otros individuos, grupos o instituciones?
Quizás una de las ramas de la investigación que más ha estudiado la relación individuo-sociedad ha sido la sociología. Sociólogos como Emile Durkheim o Georg Simmel han señalado la existencia de una tensión permanente entre individuo y sociedad que se manifiesta en las opciones de cada ser humano concreto. Los dos sociólogos mencionados han señalado que en cada hombre se vive esa tensión entre los fines que libremente se traza para sí y los condicionamientos que de una u otra manera la sociedad le impone. Para estos pensadores el ser humano es una dualidad no resuelta. Por un lado está su ser individual y por otro, superpuesto a este e incluso en competencia con este, su ser social.
La síntesis inferior
Viendo fenómenos como el consumismo, el imperio desproporcionado de la moda por la moda misma, el poder de los medios de comunicación de masas, la ingerencia poderosísima de la publicidad en la toma de decisiones —tanto relevantes y fundamentales como cotidianas y menos importantes, o incluso frívolas—, el llamado political correctness como código de comportamiento al que se deben someter las opiniones, principios e ideales, pareciera ser que el colectivismo no ha desaparecido sino que, de la mano del individualismo y custodiado por él, ha prosperado y se ha hecho poderoso.
Podría decirse que en la sociedad de nuestro tiempo se ha conseguido lo que podríamos llamar una “síntesis inferior” entre individualismo y colectivismo en la cual lo peor de ambas tendencias se ha unido en la práctica, retroalimentándose y fortaleciéndose. Así vemos en nuestro tiempo que hasta el ser “rebelde” o el ser “independiente” o “autónomo” o “contestatario”, que se venden como formas de reclamo y de exaltación de lo individual frente a lo colectivo, son actitudes que vienen claramente parametradas, estandarizadas y modeladas socialmente de una manera tan exhaustiva que incluye desde el vestuario cotidiano hasta las preferencias artísticas pasando por los lugares que se frecuentan, etc. Se puede decir casi que hay un imperativo social y colectivo de ser “rebelde”, o “contestatario”. Está de moda ser “rebelde” o “contestatario”.
Más preocupante aún resulta el constatar que incluso los propios principios, ideales y opiniones se ven sometidos al imperio de lo colectivo. Si se manifiesta públicamente una forma de pensar contraria a los patrones socialmente aceptables y políticamente correctos se corre el peligro de ser silenciado o en el mejor de los casos condenado al ostracismo3.
La negación de la identidad y la errada comprensión de la libertad
Esta “síntesis inferior” de la que hablamos está muy relacionada con lo que podríamos llamar una crisis de la identidad o del ser. En nuestro tiempo se ha llegado a pensar que la afirmación de la verdad, y más aún la afirmación de la verdad acerca de la naturaleza e identidad del ser humano es una amenaza para la libertad. Se ha distorsionado el sentido de de “libertad” entendiéndola como indeterminación e indiferencia. Se cree que se es más libre en la medida en que menos determinaciones se tengan. De esta manera aceptar una identidad o una naturaleza concreta como algo dado resulta una terrible imposición y una limitación inaceptable a mi libertad. Ser de una manera por naturaleza significaría la negación de la libertad para ser de otra.
Se termina así negando la identidad de los seres humanos y reduciéndolos a su sola libertad e identificándolos con ella. El ser humano es equivalente a su propia libertad y la libertad no se mueve por ninguna determinación o condicionamiento que le lleve en una dirección o en otra sino sólo por ella misma. De esta manera la libertad llega a pretender ser ella misma la que defina la identidad sin ningún otro límite que las libertades de los otros —en la medida en que puedan ejercer alguna forma de presión o fuerza sobre la propia—. El único límite y al mismo tiempo la única amenaza para mi propia libertad son las libertades de los otros4 y ni mencionar lo inaceptable que resulta la existencia y acción de una libertad que sea todopoderosa y que pueda actuar siempre y en todo lugar.
Se contraponen pues libertad y verdad. A la hora de tomar decisiones ya no se puede apelar al “ser” o “identidad” de las cosas o personas sino que es necesario recurrir necesariamente al consenso. Pero este consenso no se apoya —ni se puede apoyar— en que las diferentes libertades vean la realidad de la misma manera y coincidan en la verdad; el consenso —una vez negada la verdad o la posibilidad de conocer está verdad— se termina basando en el imperio de una o varias libertades sobre las demás. Se trata en el fondo de una apelación a la fuerza. Impera la postura u opinión del más fuerte o del grupo más fuerte a la que se someten los demás5.
Hacia la recuperación de la verdadera identidad personal: la síntesis superior
Ante el panorama descrito ¿qué salida queda? ¿Qué se puede hacer? Lo primero que hay que hacer es evitar dejarse encasillar en el juego de la oposición dialéctica entre las dimensiones individual y colectiva del ser humano. Ni individualismo en el que la afirmación del sujeto suponga la negación o relativización de sus vínculos sociales; ni colectivismo en el que el sujeto pierda su libertad y dignidad personales sometiéndose irremediablemente a los condicionamientos de la sociedad. La respuesta está en la línea de lo que podríamos llamar una “síntesis superior” y que puede ser expresada en el concepto de “persona” como ser en relación, ser para la comunicación, el encuentro y la comunión.
¿Cómo el concepto de “persona” puede ayudar a plantear mejor las cosas para solucionar el problema? Si profundizamos en el origen del concepto de “persona” tal como es globalmente usado en nuestro tiempo descubrimos que es una aportación auténtica y original de la teología cristiana al pensamiento universal. En efecto, el concepto “persona” recibió el profundo sentido que le damos actualmente cuando los teólogos de los primeros siglos del cristianismo se vieron en la necesidad de explicar por un lado la unidad de naturalezas en Cristo y por otro el principio de distinción existente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo siendo que todos eran el mismo y único Dios.
Es este último aspecto el que más iluminador resulta para responder a la problemática actual. La teología se pregunta que es lo particular del Padre que lo distingue del Hijo y del Espíritu Santo siendo que los tres son el único y el mismo Dios y que por tanto en cuanto a su naturaleza o sustancia no tienen ninguna diferencia. La respuesta es que el Padre es Padre por su relación eterna de Paternidad respecto al Hijo; es decir por su perpetuo acto de entrega amorosa saliendo de sí para darse al Hijo. A su vez, el Hijo es Hijo por su eterna relación de filiación respecto al Padre. La identidad propia de cada Persona Divina se afirma y realiza en el salir de sí en relación de entrega y amor hacia el otro. Es por esto que el concepto de “persona” para referirse a las Personas Divinas ha sido definido como “relación subsistente”.
Desde la comprensión analógica del ser humano como persona, las dimensiones individual y social no aparecen como superpuestas y autoamenazantes sino todo lo contrario como constitutivas y complementarias. No se da una dualidad al interior del ser humano sino una profunda unidad en la que se reconoce a cada persona su identidad propia y particular pero al mismo tiempo se afirma que esa identidad propia no se realiza y despliega más que en la enriquecedora relación de encuentro y comunión con otros seres personales, con otras personas. La clave de unión y como vértice o bisagra que permite llegar a la unidad de la persona está en la aceptación de la verdad sobre la persona. Es preciso y fundamental que cada uno acepte y descubra su identidad propia y no la experimente como una amenaza a la propia libertad sino, al contrario, como una ocasión para su ejercicio y pleno sentido. De ahí la importancia determinante del autoconocimiento y del manejo personal.
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3 Pensemos en que por ejemplo alguien manifieste públicamente una opinión que considere la homosexualidad como una enfermedad; el aborto como un asesinato criminal que debe ser impedido; o la abstinencia y la fidelidad como las mejores maneras de vivir la sexualidad.
5 Como ya decía Calicles, al no existir la verdad, cuando vengan los desacuerdos —y siempre hay desacuerdos entre los seres humanos— ¿cómo se solucionaran? ¿cuál será la regla con respecto a la que se midan las opiniones para ver cuál es la mejor? Ciertamente imperará la postura del más fuerte. Hay que tener en cuenta que la fuerza no siempre se mide en términos de poder político, físico o militar. También hay poder en el control de la opinión pública o de los medios de comunicación.


