“¡Feliz día cajón!”. De Acústica Musical en el día de la canción criolla
El último día de octubre se celebra una vez más el día de la canción criolla. Instaurado por Manuel Prado Ugarteche en su primer gobierno (1939 – 1945), se escogió el 31 de octubre para su celebración debido a la conveniencia del feriado del día posterior (1ro. de noviembre, día de “Todos los Santos”), que permitía muy pertinentemente realizar una romería en honor a los compositores fallecidos.
A propósito, es en el día de la canción criolla donde un instrumento musical se luce de manera particular. Su protagonismo es tal que, de buena gana, podríamos aceptar que el 31 de octubre es también su día: estamos hablando del cajón.
¿Qué más podemos decir de este emblemático instrumento? Fue creado durante la colonia por los esclavos afrodescendientes del Perú como sustituto de los tambores (los que fueron prohibidos durante la época virreinal). Así, los primeros cajones eran no casualmente los utilizados para transportar mercaderías (de otro lado, también se aprovecharon cucharas, sillas, mesas y otros objetos como instrumentos alternativos de percusión).
Con el tiempo, la forma, la sonoridad y la técnica del cajón fueron definiéndose. Su internacionalización llegó con su incorporación como parte de la música flamenca. Según “Flamenco World”[1] , esto ocurrió cuando Rubem Dantas, uno de los percusionistas de Paco de Lucía, durante una gira en 1977 lo probara y estimara que su timbre se fusionaba mejor frente a otros instrumentos como las congas, bongós o la batería. Se cita en esta misma web que el propio Paco habría afirmado que “es ideal para esta música porque tiene un sonido muy parecido al del taconeo de un bailaor, al de los nudillos marcando el compás sobre una mesa, o a los mismos golpes sobre la tapa de la guitarra. Y además no da tono como los cueros, los instrumentos de parche. Siempre suena bien, acompañe lo que acompañe. Ha sido un hallazgo y un logro del cual me siento muy orgulloso”.
La Acústica, el cajón y el resonador de Helmholtz
Lo que nos atrae de un instrumento es el sonido que produce. El timbre del cajón ha sido definido a través de muchas décadas a través de la experiencia práctica. Sin embargo, puede ser muy útil para el fabricante o constructor, profesional o aficionado, saber qué características físicas lo determinan. En otras palabras, pueden ser muy valorables los aportes que al respecto una ciencia como la Acústica puede dar.
Haciendo una pequeña y tal vez necesaria digresión, podemos decir que la Acústica es una rama de la Física que se encarga de responder una serie de preguntas importantes, por ejemplo: ¿cómo hacer que el ruido externo no ingrese a un recinto? ¿O que el generado dentro no perturbe a los vecinos? ¿Cómo hacer para que el ruido de las turbinas de un avión no ingrese a la cabina? ¿Cómo evitar que la máquina de una fábrica colindante transmita estructuralmente sus vibraciones y no nos deje dormir? ¿Con qué dimensiones y cómo construir una caja para un cierto parlante? ¿Cómo hacer que un auditorio suene bien para música o para una conferencia? ¿Cómo evitar que un puente o edificio resuene y se destruya ante la acción de una fuerza periódica? ¿Cómo hacer que la suspensión de un auto sea más confortable? ¿A qué nivel de presión sonora y por cuánto tiempo podemos estar expuestos sin sufrir daño auditivo?
Sin embargo, lo que aquí nos interesa responder es algo concerniente a la Acústica Musical: ¿qué características geométricas y de materiales debe tener un instrumento para obtener una determinada sonoridad? Esta pregunta aplicada al cajón fue motivación de un estudio hecho por el Laboratorio de Acústica de la Pontificia Universidad Católica del Perú. El resultado fue el “paper” titulado “Estudio preliminar teórico-experimental de las características acústicas del cajón peruano” [2].
Simplificando bastante el asunto podemos decir que el cajón es un “resonador de Helmholtz”. ¿Y eso qué? Bueno: eso lo hace de alguna forma comparable con el violín o la guitarra (cuyos cuerpos son también resonadores de Helmholtz). Así, estos tres instrumentos (aunque ciertamente podríamos mencionar muchos otros más) se pueden burdamente “meter en el mismo saco” desde el punto de vista acústico, lo que quiere decir que sus timbres (así como los niveles de presión sonora generados) pueden ser alterados variando alguna o algunas de sus características claves (que son justamente las de un sistema bien conocido como lo es el mencionado resonador): el volumen de sus cuerpos, o el tamaño de los agujeros o ranuras (así como el espesor del material donde éstos se encuentran). Que estos cambios materiales tengan implicancias sonoras podría parecer algo obvio y hacernos pensar que no es necesaria la complicación de un estudio riguroso; empero, un razonamiento así podría ser refutado al demostrarse lo valioso que resulta saber de manera precisa algunas relaciones de causa-efecto, lo que puede redundar con el tiempo, para el constructor del instrumento, en una sustantiva reducción de ciclos de ensayo-error.
Quienes se sientan más atraídos por los detalles y lean el “paper” descubrirán que en el timbre del cajón también son determinantes la rigidez y el material de la placa frontal (es decir, la que es percutida por el ejecutante), así como la interacción de ésta con las placas laterales.
Fuera de todo tipo de discusión es el hecho de que el cajón está más vigente que nunca localmente y, cada vez más, a nivel internacional (no sólo en la música flamenca, sino por ejemplo también en la música latina o el jazz). ¿Por qué no sentirse orgulloso de su peruanidad? ¡Feliz día canción criolla! ¡Feliz día cajón!
Jim A. Fupuy Chiong.
Lucusonidos (puede consultarse el artículo relacionado allí).