Pascual Duarte ante la muerte

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Néstor Sempé, crítico literario, desarrolla un interesante ensayo donde analiza el encuentro de algunos personajes de la literatura universal  ante la llegada de su hora final.

A continuación les compartimos el extracto que corresponde a Pascual Duarte, personaje que nace de la pluma del premio nobel Camilo José Cela.

 

Pascual Duarte ante la muerte

Por Néstor Sempé

(…)La novela de Camilo José Cela, una de las más cotizadas en la literatura española, “La familia de Pascual Duarte[1], es la primera escrita de una rica serie que le daría los galardones del Nobel (1989), el Príncipe de Asturias y el Cervantes.

Aquí se trata de un campesino de Badajoz, que también nos cuenta su vida esperando su muerte. Y vamos sabiendo de la vida dura, sin alegrías, de las gentes de los pueblos lejanos, antes de la guerra civil. Su casa, sus padres, brutos que no se llevaban bien…Su esposa, bienamada, con la que tuvo días felices e hijos que murieron, hijos que querían “educar y hacer de ellos hombre(s) de provecho”.

El temperamento violento de Pascual, sin ningún freno, se encuentra con un canalla como el Estirao, que ha “matado” (la ha poseído) a su mujer y deshonrado a su hermana y a pesar  de la promesa de Duarte hecha a la Lola, su esposa, acaba matándolo por su obstinada y chula soberbia; ese carácter lo lleva a la cárcel por tres años, después de su escapada a La Coruña antes del homicidio, fuga hecha para no caer en el odio asesino hacía las mujeres de su vida: su madre, su hermana y la Lola.

Cuando vuelve, reanuda su vida, se casa de nuevo ayudado y apoyado por su hermana  y enfrenta el odio corrosivo de su madre; lo más inexplicable de la trama: el ser más bruto… Quizás sea esa la razón de su sentimiento poco maternal.

Y ocurre la tragedia: asesina alevosamente a su madre, la misma que “al oírla”, en su regreso del penal, “le da alegría”. Sin embargo, en su mismo escrito dice: “se mata sin pensar; bien probado lo tengo; a veces, sin querer”…Y en otro lugar: “Esa fatalidad, esa mala estrella parece como complacerse en acompañarme. Las más grandes tragedias de los hombres parecen llegar como sin pensarlas, con su paso de lobo cauteloso, a asestarnos su aguijonazo repentino y taimado como el de los alacranes”.

Porque todo el texto de esta singular novela, parecida con una obra clásica griega, no es más que la confesión relatada de su vida, escrita al calor (o el frío helado) de la muerte que le espera. Y es “un modelo de conductas…no para imitarlo, sino para huirlo”, como escribe uno de los que le conocieron. Que no obstante comienza su descarga anotando que “yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo.” Más adelante en su arrepentimiento escribe: “¡Quién sabe si no sería Dios que me castigaba por lo mucho que había pecado y por lo mucho que había de pecar todavía!”. “¡Buena diferencia va entre lo pasado y lo que yo procuraría que pasara si pudiese volver a comenzar!”.

¡Hay también una enorme distancia entre el remordimiento de Pascual Duarte y la indiferencia de Meursault!

Cuando lo liberan de la cárcel por buena conducta, cuenta que le dijeron: “Has cumplido Pascual; vuelve a la lucha, vuelve a la vida, vuelve a aguantar a todos, a hablar con todos, a rozarte otra vez con todos.

Y creyendo que me hacían un favor, me hundieron para siempre. [...]” .

Pascual confiesa que “la idea de la muerte llega siempre con paso de lobo, con andares de culebra” y así acaba acuchillando a su madre en cuanto duerme, aunque al acercarse “no me atrevía; después de todo era mi madre” …”Di la vuelta para marchar” (sin matarla),…Pero no fue lo que ocurrió…

Las memorias de este manuscrito encontrado en una botica de Badajoz terminan aquí. Pero lo conmovedor es el arrepentimiento y la conversión del asesino “que quizás a la mayoría se les figure una hiena… aunque al llegar al fondo de su alma se pudiese conocer… que un manso cordero…pasará a ser”. El que escribe esto es, ahora, el capellán de la cárcel y agrega, más abajo, que “dispuso los negocios del alma con un aplomo y una serenidad que a mi me dejó absorto” y el número de la guardia civil de la prisión: “de la salud de su cabeza no daría yo fe” y cuenta en su carta al descubridor del manuscrito que después de confesarse “le entraron escrúpulos y remordimientos y quiso purgarlos con la penitencia”y  a pesar de su intención de que “¡hágase la voluntad del Señor!”, vaciló en la hora final , “besó por última vez un crucifijo” y murió “demostrando a todo su miedo a la muerte”.

Su confesor de la última hora escribe: “lástima que el enemigo le robase sus últimos instantes” y termina: “¡Qué Dios lo haya acogido en su santo seno!”

Pascual Duarte dedica sus memorias al querido patricio de su pueblo, conde de Torremejía, al que asesinara, “quien al ir a rematar(lo)…le llamó Pascualillo y sonreía”. ¿Será que por allí no le empezó a cercar el dolor del corazón?

Vale la pena leer este libro que prende de la primera a la última página y compararlo con el sentimiento insensible del argelino extraño a todo y a todos. Ambos libros fueron escritos en el mismo año conturbado de la segunda guerra mundial y la posguerra civil española, de 1942.

Pascual Duarte solo se salvará en la compasión del lector que conoce en él a un animal primitivo pero carente de verdadera crueldad, una víctima  de heredadas violencias[2].

- La justicia jamás la puede decidir ni ejercer libremente el hombre. La justicia humana es necesariamente imperfecta, y, a las veces, absurda. El día que pueda contemplarse desde la Eternidad la vida de los hombres como un paisaje completo y lejano, lo probable es que nada sorprenda tanto a los bienaventurados, si en ellos existe la capacidad de sorprenderse por alguna cosa, como la insólita rareza con que la justicia humana debe haber coincidido, a lo largo de las generaciones, con la Justicia estricta, la de Dios. Y debe ser así porque nada caracteriza la irremediable imperfección del hombre como su imposibilidad para ser justo, aun cuando quiera serlo con todas las veras de su corazón.

Lo que pone a este libro en la categoría de lo no común, no es la pasión que inspira su argumento, ni la perfecta y no buscada maestría con que se cuentan en sus páginas… los avatares del personaje sino …que Pascual Duarte es una buena persona y que su tragedia es -y por eso es tragedia sobrehumana- la de un infeliz que casi no tiene más remedio que ser, una vez y otra, criminal. (…)-

 


[1] Cela, Camilo José. “La Familia de Pascual Duarte”.Plaza y Janés Editores, 1999.

[2] Arellano, I. Artículo del Diario de Navarra, 19/01/02

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