S.A.R La princesa Isabel de Francia
Muchas cosas se saben de la Revolución Francesa: sus famosos postulados de liberté, égalité, fraternité, en supuesta lucha por la dignidad de la persona, encuentran paradójicos niveles de irracionalidad al incurrir en fervientes y apasionados crímenes donde morirían muchas personas inocentes de manera cruel.
Lo que nunca se menciona curiosamente, son aquellos personajes desconocidos de la Revolución como la princesa Isabel, hermana menor del Rey Luis XVI, quien tuvo que sufrir los embates de los revolucionarios por el hecho de ser miembro de la familia real francesa.
A continuación una pequeña presentación de su vida, donde resalta su fortaleza y valentía, virtudes propias del auténtico genio femenino.
Personaje desconocido de la Revolución Francesa:
S.A.R La princesa Isabel de Francia
Mariana De Lama
Teóloga
Corría el 16 de Octubre de 1793, la entonces Reina de Francia, María Antonieta de Habsburgo, moría decapitada por la guillotina bajo la estupefacta mirada de su verdugo, a quien le pide perdón después de haberse con él tropezado.
La receptora de sus últimas palabras fue su cuñada, la princesa Isabel, hermana menor de Luis XVI, también decapitado por la guillotina el 21 de Enero de 1793. Dice la Reina en su carta a la princesa Isabel:
Este 16 de octubre, a las cuatro y media de la mañana A vos, mi hermana, escribo esta última carta. Me acaban de condenar, no a una muerte honrosa –que sólo lo sería tal para los criminales–, sino a que me reúna con vuestro hermano; al igual que él,soy inocente, y espero poder mostrar la misma firmeza que él en los últimos instantes. Me siento tranquila como cuando la conciencia nada os puede reprochar. Me embarga un profundo pesar por tener que abandonar a mis pobres criaturas. Sabéis que sólo vivía por ellas y por vos, mi querida y tierna hermana, vos,que con vuestra amistad lo habéis sacrificado todo para estar junto a nosotros. ¡En qué estado os dejo! Me he enterado de que durante el proceso han apartado a mi hija de vuestro lado. Pobre criatura, ay, no me atrevo a escribirle; no recibiría mi misiva, ni tan sólo sé si esta carta os llegará. [...] . [..]. Muero en la religión católica, apostólica y romana en la de mis padres, en la que me crié y que siempre he profesado. [...] Pido perdón a todos aquellos que conozco y a vos, hermana mía, en particular, por todas las penas que, sin querer, haya podido causar. Perdono a todos mis enemigos el daño que me han hecho. Me despido aquí de mis tías y de todos mis hermanos y hermanas. Tuve amigos: la idea de separarme para siempre de ellos y de sus penas es una de las cosas que más lamento y que me llevo a la tumba; que sepan al menos que, hasta el último instante, he pensado en ellos. [...] Adiós, mi querida y tierna hermana; ojalá esta carta pueda llegaros: pensad siempre en mí; os beso con todo mi corazón así como a mis pobres y queridos hijos. Dios mío, ¡qué desgarrador es abandonarlos para siempre!¡Adiós, adiós! Ya sólo me ocuparé de mis deberes espirituales..»
Madame Isabel -como era llamada por la corte y por el pueblo- nace en el Palacio de Versalles el 3 de Mayo de 1764, siendo la última hija del príncipe Luis, delfín de Francia y de María Josefina de Sajonia; la temprana muerte de sus padres, de manera especial la del delfín Luis, quien nunca llegará a reinar, conlleva la cercanía de su hermano mayor Luis, Duque de Berry, futuro Luis XVI, quien no dudará en prodigarle cuidado y atención.
Acostumbrados quizás a las innumerables narraciones y enseñanzas sesgadas sobre la Revolución Francesa, donde se presenta a una Familia Real frívola, amoral, y sin ningún sentido de la caridad hacia el prójimo, resulta novedoso descubrir, la vida ejemplar de los hermanos y hermanas del Rey, la sincera preocupación de Luis XVI por su pueblo y la vida tranquila y ausente de superficialidad que llevara María Antonieta cuando terminan los equívocos y tumultuosos años de su tardía adolescencia. Así como también la ejemplar vida cristiana de muchos miembros de la corte.
La hermana menor de Luis XVI era profundamente amada por el pueblo francés, esto en parte a sus contínuos viajes por el Reino, -con el fin de conocer de cerca las necesidades de los más pobres para informarle de ello a su hermano el Rey,- y también por su bondad, dulzura y alegría, la virtudes que la llevaban a ser un miembro inclusive muy respetado dentro de la realeza.
Todo ello hizo que muchas personas le escribieran desde diferentes rincones de Francia con el fin de pedirle consejo o solicitando su ayuda, cartas que no dudaría en responder personalmente donde quedaba plasmada su rica vida interior.
Cuando comenzó la Revolución, hubiese podido salir de Francia sin ningún contratiempo tal y como lo hicieron sus hermanos el futuro Luis XVIII y Carlos X.. Tan querida como había sido por el pueblo, nadie lo hubiera impedido. Pero no quiso. Ni siquiera lo intentó. Permaneció valientemente al lado de su hermano el Rey, su cuñada la Reina y sus sobrinos el Delfín Luis y Madame Royale María Teresa, a los que amaba profundamente. Estuvo junto a ellos durante todo el tiempo que tuvieron que soportar, que empezó con el asalto de las turbas al palacio de Versalles. Después, el viaje desde este palacio al de las Tullerías, en París en medio del pueblo ya dejándose llevar enfurecido, los meses vividos en estrecha vigilancia en las Tullerías, la fracasada huida a Varennes, el cautiverio en la Torre del Temple, la estancia en La Conciergerie… Y al final de este peculiar itinerario la guillotina.
Durante estos años adversos, el amor y fuerza espiritual de Madame Isabel fueron luz y consuelo para su querida familia que de los días de Versalles había pasado a los días de la cautividad caracterizados por injustificables tratos inhumanos que concluyen con su decapitación fruto del odio intenso y una crueldad sin límites, por parte de los cabecillas revolucionarios, del pueblo enloquecido y de los carceleros.
Vivió con inmenso dolor pero con serena paz fruto de su profunda fe, los tres momentos durísimos que relata la Historia: La despedida del Rey pocas horas antes de subir a la guillotina. La separación de su sobrino, el Delfín, que hubiese sido Luis XVII, al que pusieron bajo la custodia de un zapatero, Simón, fanático revolucionario bajo cuyos malos cuidados el niño moriría. Y la despedida de su cuñada, la Reina María Antonieta, al ser llevada a La Conciergerie, de donde saldría para ir a la guillotina, como antes el Rey.
Dice la historia que las horas que transcurrieron antes de ser llevada a la guillotina las pasó rezando y consolando con palabras llenas de fe, esperanza y dulzura a sus compañeros de martirio. Veinticinco fueron aquel día, todos antiguos nobles y cortesanos de Versalles.
Una carreta les llevó a la Plaza de la Revolución, hoy de la Concordia, el 10 de mayo de 1794. Madame Isabel tenía 30 años recién cumplidos. Fouquier-Tinville, el siniestro acusador público del Tribunal revolucionario, había ordenado al verdugo que, “como posterior refinada tortura, la hicieran morir la última”, pero ella, tranquila y serena, fue despidiendo uno a uno a los demás condenados con palabras de ánimo y el beso de la paz.
Ante la muerte de cada miembro de la nobleza, el pueblo gritaba enfervorizado, pero una vez que sube Madame Isabel y la cuchilla cae, el pueblo calla…,quizás conmovidos al escuchar como últimas palabras de su boca el De profundis oración dirigida a Cristo de quien estaba segura vería pronto.