Miguel de Unamuno: paradoja de una vida
Un 31 de Diciembre de 1936 moría Miguel de Unamuno, escritor y filósofo español perteneciente a la denominada Generación del 98. Su particular sensibilidad religiosa se manifestó a lo largo de toda su vida, de manera especial en su obra, donde el conflicto interior y la angustia por haber dejado a Dios de lado se evidencia en la profunda nostalgia de infinito que lo acompañó hasta el final de sus días.
Luis Fernando Gutierrez, estudioso de la denominada Generación del 98, nos presenta un breve análisis de las contradicciones existenciales en el autor de “Del Sentido trágico de la vida”.
Miguel de Unamuno : Paradoja de una vida
Luis Fernando Gutierrez
En la vida y en el pensamiento de Miguel de Unamuno hay una realidad particularmente cuestionante: se trata de la paradoja entre unas y otras formas de pensar y de vivir. Se trata de una paradoja que ilustra quizás el conflicto entre la fe católica y el positivismo[1] de una manera que para muchos recoge y concentra la experiencia propia de todo el contexto histórico en que le tocó vivir[2]; pero que va mucho más allá de este conflicto simple entre dos términos para convertirse en «un permanente contrapunto de certezas y de dudas, que se entremezclan, se oponen, se desgarran y se confunden»[3] y que llega a convertirse en lo íntimo de la conciencia en «una voluntad sistemática por lo ambiguo»[4].
Existencia paradójica
Esta realidad paradojal se manifiesta claramente en la existencia cotidiana misma de Miguel de Unamuno. Así vemos como siendo ya ateo y en medio de una situación que comprometía la salud de un familiar le brota espontáneamente la oración[5]; pero no se trata de un hecho aislado sino de una tendencia profundamente arraigada en su ser que llega a ser tan reiterativa en sus manifestaciones que Unamuno se refiere a ella como «esa continua tendencia a rezar»[6] y tan intensa en su empuje que varias veces se veía obligado a dejar lo que estaba haciendo para irse a rezar[7].
Pero la experiencia paradojal no se reduce a una tendencia a la oración. Así, por ejemplo, en medio de su más acérrimo y declarado ateísmo intelectual conservaba una rica y profunda devoción por la Virgen María[8]; fueron muchas las circunstancias en las que estuvo decidido a ir a hablar con un sacerdote[9] sin consumar ninguna; o que reflexionando se decía: «Si de pronto tuviese certeza de que no voy a vivir más que dos días de seguro que iba a confesar ¿por qué no lo hago ahora»[10]. Tras negar como imposible el que él volviese a rezar el rosario ante una carta de un amigo:
«Cuando Jimenez me escribió que anduviese con cuidado en no acabar repasando cuentas de rosario; le contesté que no corría ese riesgo porque había echado la cabeza de la solitaria.»[11]
Lo vemos un tiempo después rezándole a Santa María de la siguiente manera: «Estos dedos que están sirviendo pare contar las salutaciones de tu rosario no pueden emplearse ya, bendita Virgen, más, que para narrar la gloria de tu Hijo.»[12].
¿Cómo puede entenderse la siguiente afirmación en los labios de un ateo?
«Sólo Dios es bueno. Pero Cristo nos dice también que seamos perfectos como nuestro Padre celestial. Querer ser bueno, y quererlo constante y ardientemente, esforzarnos por serlo; he aquí nuestra obra. Todo lo demás es obra de la gracia de Dios, que por Cristo nos ha hecho hijos suyos»[13]
¿Cómo puede entenderse que un Ateo lea cotidianamente la imitación de Cristo?[14].
En las raíces de esta esquizofrénica situación se da una conjunción de múltiples y diversos elementos. Sin embargo, los más notorios y distinguibles entre ellos son quizás el problema espiritual de la soberbia y la vanagloria; y el problema intelectual de oponer la fe y la razón como dos realidades totalmente irreconciliables. Vale la pena detenernos en las manifestaciones de cada uno de estos dos factores según aparecen señalados en el diario íntimo.
Esclavo de la soberbia y la vanagloria
Unamuno se señala repetidas veces a sí mismo como un esclavo de la soberbia y la vanagloria. Se trata de una esclavitud que le impide actuar coherentemente con su interioridad y con su yo auténtico y lo obliga a vivir en función de la imagen de sí mismo que quiere o cree proyectar a los demás:
«¿Porqué he de matar mi alma, porque he de ahogarla en sus aspiraciones para aparecer lógico y consecuente ante los demás? Es terrible esclavitud la de vivir esclavo del concepto que de nosotros han formado los demás. Es terrible esclavitud la esclavitud de la vanagloria. Un cambio, dirán los demás. No, un progreso. No de ellos, de mí tengo que responder. Libertad, libertad, libertad. Dios me ha llamado, debo oirle. Qué los demás no comprenderán esa llamada ¿he de vivir esclavo de ellos? Hay que vivir en la realidad de sí mismo y no en la apariencia que de nosotros se hacen los demás; en nuestro propio espíritu y no en el concepto ajeno.»[15].
Llega a poner en una balanza su salvación eterna con el nombre que deje para la posteridad y es bien consciente de lo absurdo de la esclavitud a la que se ve sometido al optar por lo segundo en perjuicio de lo primero:
«¡Dejar un nombre en la historia! ¡Qué locura junto á llevarse un alma á la eternidad! Parece imposible que se ame más al nombre que á sí propio. He aquí otra forma de esa mortal esclavitud que hace sacrifiquemos nuestra realidad á la apariencia que de nosotros hay en las mentes ajenas, que sacrifiquemos nuestro propio ser al concepto que de nosotros se ha formado el mundo.»[16].
El mismo categoriza su terrible drama de vivir esclavizado al rol o papel que se ha desempeñado en el mundo y ver su propia identidad, su yo más profundo, disolverse y perderse en la esclavitud y dependencia de la vanagloria[17]. Privilegiar lo que parece por encima de lo que verdaderamente se es hasta sepultar y olvidar lo que se es.
También la soberbia lo priva de aproximarse a Dios a través de algún intermediario como se da en el caso de los sacramentos y en particular en el de la confesión que es para él una terrible humillación en frente de otro hombre[18].
Terrible esclavitud de su soberbia que lo hace dudar de todo. Por un lado la constante lectura de libros de devoción, la asistencia a la misa, los rosarios y las oraciones; y por otro el dudar de si esas mismas acciones no son simples ilusiones[19] negándose a convertirse por el miedo de lo que los demás puedan penar o de cómo lo reciban[20].
Se descubre víctima y esclavo de su soberbia y su vanagloria; pero lo peor, lo peor de todo es que no quiere renunciar a ellas y a fuerza de dudas y opciones termina negando en sí todo aquello que antes veía y que rehuía por pura soberbia, por temor de los demás y de dar vuelta atrás, y por considerarse muy especial y muy elevado como para confesar sus pecados a otro ser humano.
Fe vs. Razón
El mismo Miguel de Unamuno es consciente del origen histórico-intelectual de la pérdida de su fe:
«Racionalizar la fe. Quise hacerme dueño y no esclavo de ella, y así llegué á la esclavitud en vez de llegar á la libertad en Cristo.»[21]
Su propia esquizofrenia era la de un hombre que «Al rezar reconocía con el corazón á mi Dios, que con mi razón negaba»[22].
Para Unamuno los misterios de la fe «…repugnan á la razón…»[23] y el mayor milagro y prueba de la fe que crean tantos hombres: «La verdad de la fe se prueba por su existencia, y sólo por ella.»[24]
Se trata de una dramática y terrible experiencia cuyo destino definitivo queda tan sólo en las manos de Dios.
Me permitiré terminar con una cita de uno de los estudiosos de Miguel de Unamuno que me parece muy significativa y adecuada para concluir. Unamuno
«A través de su vida perdió, recobró, volvió a perder la fe; nunca podremos saber si al final creyó firmemente; probablemente sus dudas le atormentaron hasta el último instante de su vida. Tal vez, en ese último instante recibiera un deslumbrante destello de luz de ese Dios añorado y constantemente buscado por él.»[25]
[25] RIVERA DE VENTOSA, Enrique… Unamuno y Dios, Madrid, Ediciones Encuentro, 1985,— pág. 326.